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Naso (haz una suma)

  LA PORCIÓN DE LA TORÁ, NÚMEROS 4:21-7:89

Moises realizó un censo de los hombres de 30 a 50 años, aptos para ministrar en el Tabernáculo. Les asignó tareas específicas. Los levitas debían vigilar por la pureza del campamento. En esta porción están las leyes acerca del juramento de las aguas amargas, del voto del nazareo, la bendición sacerdotal, las ofrendas de los jefes de las tribus.


LA PORCIÓN DE LOS PROFETAS, JUECES 13:2-25 

Aunque Sansón desafió el voto del nazareo que estaba sobre su vida, el SEÑOR tuvo mucha paciencia con él y le concedió cumplir su misión al final de su vida. 


LA PORCION DE LOS EVANGELIOS, LUCAS 1:5-20

Juan el bautista nació bajo la unción del nazareo: “Porque él será grande delante del SEÑOR; no beberá vino ni licor, y será lleno del Espíritu Santo aún desde el vientre de su madre. Y él hará volver a muchos de los hijos de Israel al SEÑOR su Dios”. 



Ministró como el mensajero que había sido profetizado por Malaquias (3:1). “He aquí, Yo envío a mi mensajero, y el preparará el camino delante de Mí”. Fue la voz del SEÑOR en el desierto que hablaba al pueblo acerca de la pronta llegada del reino de los cielos, y de su necesidad de arrepentimiento.


Las tareas requeridas para el transporte del Tabernáculo fueran asignadas a los hijos de Gersón y a los de Merari. Los de Gersón debían encargarse de las cortinas del santuario, la tienda del encuentro, la cubierta de pieles finas que se le ponía encima, la cortina de la entrada a la tienda del encuentro, las cortinas del patio, la cortina de la entrada del patio que rodeaba el santuario y el altar, las cuerdas correspondientes, todos los utensilios que necesitaban para su oficio. 

Los hijos de Merari debían transportar las tablas del santuario, los travesaños, los postes, las bases, los postes del patio que rodeaba el santuario, con sus bases, estacas, cuerdas y todo lo que necesitaban para su trabajo (Números 4:21-33). 


Ya que el SEÑOR habitaba en medio de los campamientos, a los levitas les tocaba vigilar por la pureza. Si alguien hubiera tenido algún contacto con la muerte, debía purificarse. Los levitas debían cuidar que no entrara alguien al Tabernáculo que aún no había tomado las medidas para su purificación (Números 5:1-4). 


En la porción que nos toca estudiar esta semana, el SEÑOR nos enseña que el trato con el prójimo va de la mano con nuestra relación con Él porque exige la fidelidad. Nuestras transgresiones pueden provocar pérdidas al prójimo y tienen que ser reconocidas y restituidas (Números 5:6-8). 


Según las instrucciones del Eterno, había que devolverle a la persona perjudicada la cantidad de la pérdida más la quinta parte (el 20%). Si ya había fallecido y no había ningún pariente cercano a quien darle la compensación en su nombre, entonces se tenía que entregar la compensación al SEÑOR, es decir, al sacerdocio. 


El SEÑOR lleva nuestras cuentas con el prójimo. “Cuando dañamos a otros, debemos hacer algo más que simplemente pedir disculpas. Deberíamos buscar la manera de componer las cosas y, si fuera posible, dejar a la víctima aún mejor de lo que estaba antes del incidente. Si hemos sido nosotros las víctimas de algún daño, debemos buscar restaurar la paz, en lugar de dar rienda suelta a la venganza.” (Página 183, Biblia del Diario Vivir, Editorial Caribe) 


El que admite su transgresión y restituye el daño y la perdida que causó a su prójimo, recibe el perdón divino y también de su prójimo. Es la evidencia de que su arrepentimiento es genuino y es aceptado por el SEÑOR. 


La relación matrimonial también requiere fidelidad. El SEÑOR instruye acerca de un acto de juramento que había que realizar en el caso de la infidelidad de una mujer a su marido. Si el marido sospechaba que su esposa le estaba siendo infiel, teniendo relaciones sexuales con otro hombre, podía acudir al juramento de las aguas amargas (Números 5:11-31).


Si “el espíritu de celo” había venido sobre el marido, debía llevar una ofrenda de cereal sin aceite y sin incienso. Su esposa le debía acompañar y debían presentarse ambos ante el sacerdote. Entonces el sacerdote presentaba a la mujer ante el SEÑOR. Recogía agua del lavacro y echaba polvo del piso del Tabernáculo en el agua. 


Ella debía soltar su cabello en señal de sujeción al mandamiento y jurar que, si era culpable, entonces el agua que bebería le traería maldición. “Si no has tenido relaciones con otro hombre ni le has sido infiel a tu marido, ni has cometido con otro hombre un acto que te haga impura, que no te pase nada al beber esta agua amarga que trae maldición. Pero si le has sido infiel a tu marido, si has tenido relaciones con otro hombre y has cometido así un acto que te hace impura, que el SEÑOR te convierta en ejemplo de maldición ante el pueblo, y haga que el vientre se te hinche y que tu muslo enjute. Ese castigo te vendrá al beber esta agua que trae maldición”.

La mujer debía responder: ‘Amén’. 


El sacerdote escribía el juramento y luego lo disolvía en el agua. Ella lo bebía. Si había sido infiel, entonces el agua se volvía amarga en ella y sus entrañas se hinchaban. Pero si era inocente, no le pasaba nada malo. Permitiéndole pronto concebir, el SEÑOR así le restauraba su honor y su buen nombre.


El juramento de las aguas amargas era una advertencia muy fuerte en contra de la infidelidad del pueblo hacia al SEÑOR. Era una advertencia en contra de la idolatría, puesto que el espíritu de la prostitución es el mismo de la idolatría (Oseas 4:11-12). Está ilustrada en la rebelión del becerro de oro, porque Moisés obligó a los que habían sido infieles al SEÑOR, a beber agua con el polvo del oro del becerro. 


El juramento de las aguas amargas advierte a la congregación de los hijos de Israel a que no seamos infieles al pacto, como lo fuimos aquel día con el becerro de oro (Éxodo 32:20). Declara el SEÑOR: “Yo fui un esposo para ellos” (Jeremías 31:32). 


Las raíces de la idolatría son amargas (Dt 29:18; Hebreos 12:15). "...No adorarás a ningún otro dios, ya que el SEÑOR, cuyo nombre es Celoso, es Dios celoso" (Ex 34:14).


El juramento de las aguas amargas expone la infidelidad de la mujer, pero no la del hombre. Eso es porque, en la relación matrimonial, la mujer representa al pueblo redimido y el marido representa al Mesías (Efesios 5:28-32). A pesar de nuestra infidelidad, el SEÑOR es siempre fiel (II Timoteo 2:13). El SEÑOR no puede ser infiel. Nos amó y se dio a sí mismo por nosotros (Efesios 5:25).


“No quiere decir que la fidelidad dentro del matrimonio no sea tan importante para el hombre como para la mujer. Puesto que la relación matrimonial es una figura de la relación entre Dios y su pueblo, aquí sólo se indica las consecuencias de una esposa infiel, porque Dios, quien representa al esposo, nunca es infiel. No había, ni hay, ninguna posibilidad de que Dios fuera infiel en parte de la relación de pacto en la que participa. No hay posibilidad alguna de que el SEÑOR pueda ser un esposo infiel.” (Página 503, First Fruits of Zion Torah Club, Volume Two).

 

El que juraba fidelidad y se consagraba al SEÑOR con el fin de cumplir alguna una tarea difícil a favor del pueblo de Israel hacía el voto del nazareo (Números 6). 


Nazareo (nazir) significa consagración, separación de lo que es impuro. Comparte la misma raíz que la palabra “corona, mitra, diadema” que usaba el sumo sacerdote (Éxodo 29:6). El propósito de la consagración era para acercarse más al SEÑOR, y poder contar con la firmeza y la fuerza necesarias para realizar su propósito divino (Salmo 15:1-5). 


Las Escrituras nos hacen ver el SEÑOR apartó a ciertas personas por medio del voto del nazareo para servirle en tareas especiales a favor de su pueblo. Realizaron tareas difíciles para la gloria de Dios. Por ejemplo, liberaron a Israel de la opresión de algún enemigo. Ejercieron liderazgo espiritual en Israel durante los tiempos de su infidelidad y apostasía. Llamaban al pueblo a volver al SEÑOR. “Y levanté profetas de entre vuestros hijos y nazareos de entre vuestros jóvenes. ¿No es así, hijos de Israel?” (Amos 2:11-12).


“Si un hombre o una mujer hace la promesa de consagrarse al SEÑOR como nazareo, no podrá beber vino ni ninguna bebida fermentada, ni vinagre hecho de vino o de bebidas fermentadas, ni jugo de uva; tampoco podrá comer uvas ni pasas. Mientras dure su promesa no podrá comer nada de lo que produce la vid, sea lo que se lo dejará crecer hasta que termine el plazo fijado a su promesa, pues debe mantenerse consagrado al SEÑOR. 


Durante este tiempo tampoco podrá acercarse a un cadáver, ni siquiera en el caso de que muera su padre, su madre, o algún hermano o hermana, para no quedar impuro, puesto que está obligado a mantenerse consagrado al SEÑOR. Todo el tiempo que dure su promesa, estará consagrado al Eterno.”


“Nazareno” y “nazareo” son palabras que suenan muy similares y a veces las confundimos. “Nazareno” significa “vástago, retoño”. Los profetas sabían que el Mesías sería llamado “el nazareno”. Esto se refiere a la profecía en Isaías 11:1, que afirma que el Mesías sería el retoño (vástago) del rey David (Mateo 2:23).


Los que tomaban el voto de nazareo se abstenían de toda bebida alcohólica, vino y vinagre, hasta de las uvas frescas o secas. Esto simbolizaba que su deseo era el de vivir en la presencia del SEÑOR. Por su cercanía al Altísimo, debían ejercer discernimiento constante, estar siempre alerta, atento para escoger vida y alejarse totalmente de cualquier contacto con la muerte. 

El consumo de alcohol estorba e incapacita el discernimiento. Por eso era totalmente prohibido para la persona que había tomado el voto del nazareo. 


El que esta ebrio carece de la capacidad de distinguir entre lo puro (vida) e impuro (muerte). El que había sido consagrado SEÑOR debía enfocarse en su tarea y ejercer todo el discernimiento necesario para obtener el éxito. La sobriedad es esencial para el discernimiento, para obtener la victoria sobre el Adversario de nuestras almas (I Pedro 5:8).


El que hacía el voto del nazareo también debía dejar crecer su cabello. “El permitir que el cabello creciera libremente representaba, en una forma muy visible a otras personas, la consagración a Dios; el cabello es la gloria (corona, nezer) de la cabeza. Si el período del voto no era especificado, la ley rabínica fijaba su duración en 30 días. Al final de tal período, el que había tomado el voto se presentaba en el Templo ante el sacerdote, cumplía con las ofrendas prescritas, se rasuraba su cabello y lo quemaba; posteriormente, ya le era permitido beber vino. (Números 6:2-21) y retornar a la vida diaria corriente.” (Página 411, Philip Birnbaum, Encyclopedia of Jewish Concepts) 


Su pelo era como la corona sobre su cabeza, semejante a la mitra con la placa de oro que llevaba el sumo sacerdote, en el sentido de que representaban la gloria del SEÑOR, la unción del Espíritu de santidad sobre su vida. Su pelo sin cortar daba a conocer a los demás que la presencia del SEÑOR estaba sobre el que se había tomado el voto, que se había apartado para servirle. 

En el momento de hacer el juramento, rapaba su cabeza. Después, cuando los días del voto hubiesen sido cumplidos, entonces cortaba su pelo y lo quemaba en el Templo, simbolizando así que su voto era una ofrenda al SEÑOR.


El SEÑOR le dio a Moisés la bendición para que los hijos de Israel invocaran su Nombre (Números 6:22-27). “Entonces habló el SEÑOR a Moisés, diciendo: Habla a Aarón y a sus hijos y diles: Así bendeciréis a los hijos de Israel. Les diréis: El SEÑOR te bendiga y te guarde; el SEÑOR haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; el SEÑOR alce sobre ti su rostro, y te de paz”. 


Es una bendición hermosa que da a conocer la fidelidad del SEÑOR hacia a su pueblo. Es conocida como la bendición sacerdotal. Son palabras de vida. Nos revelan lo que está en el corazón del SEÑOR para su pueblo que Él ama. Tiene planes buenos para nosotros (Jer. 29:11).

El SEÑOR haga resplandecer su rostro sobre ti: “Que Él te dé claridad en tus ojos, la luz de shejiná; que el fuego de la profecía esté encendido en las almas de tus hijos; que la luz de la Torá ilumine tu hogar.” (Página 586, Dr. J.H. Hertz, The Pentateuch and Haftorahs)


El SEÑOR nos perdona y nos bendice simplemente porque nos ama. La bendición es incondicional, inmerecida. Es motivada por amor. No tiene su origen en el hombre, sino que permanece siempre en el corazón misericordioso de nuestro amado Padre celestial. 


El SEÑOR bendice al pueblo en este momento crucial, ya que está por iniciar una nueva etapa en su historia: la marcha hacia la Tierra Prometida. La Torá nos enseña que el poder de la bendición es grande (Números 22:12; 23:20). De hecho, es un arma espiritual que derrota y cancela los planes destructivos del maligno. El SEÑOR nos ha bendecido y, aunque quisiera e intenta hacerlo, el Adversario no puede anular la bendición ni destruir sus pactos.


La herencia de los redimidos es bendición. “Sed todos de un mismo sentir, compasivos, fraternales, misericordiosos, y de espíritu humilde; no devolviendo mal por mal, o insulto por insulto, sino más bien bendiciendo, porque fuisteis llamados con el propósito de heredad bendición” (I Pedro 3:8-9).


“Las 15 palabras que en hebreo constituyen estos tres versículos, contienen un mundo de confianza y fe en Dios. Están revestidas de una forma rítmica de gran belleza, ya que caen con solemnidad majestuosa en el oído del que adora. 


“La Bendición Sacerdotal era una de las partes más impresionantes del servicio del Templo de Jerusalem y tiene lugar prominente en la adoración en las sinagogas. En el Templo era pronunciada, desde una tribuna especial (dujan), al terminar el sacrificio de la ofrenda diaria, mañana y tarde. En la sinagoga, pronto fue introducida como parte diaria de la amidá, el libro de oraciones.” (Página 586, Dr. J.H. Hertz, The Pentateuch and Haftorahs)


“La bendición sacerdotal consiste en tres líneas, cada una contiene el nombre de Adonai, y cada una invoca una bendición, que es su pareja, hasta hacer un total de seis bendiciones. En el hebreo original, cada línea es más larga que la anterior, la primera es de tres palabras, la segunda de cinco, y la tercera tiene siete. Adonai es la fuente de la bendición que se expande hasta que culmina en la palabra shalom, palabra que expresa la total intención del Dios de Israel hacia su pueblo. La bendición se multiplica por seis y la séptima es así: ‘Para que ellos invoquen mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré’ (6:27). Adonai entrelaza inseparablemente la bendición con su propio Nombre. A través de la bendición, el Nombre del Eterno permanece sobre Israel.” (Página 154, Gateways to Torah, Rabbi Russell Resnik)


“Paz cuando entres, paz cuando salgas, paz con todos los hombres. Grande es la paz porque es el sello de todas las bendiciones” (Talmud). 


La palabra hebrea shalom no significa el estar libres de todo desastre, sino que implica que gozamos de salud, bienestar, seguridad y tranquilidad; la paz que es lo único que reconcilia y fortalece, que nos calma y aclara nuestra visión, que nos libera de la intranquilidad y de la esclavitud del descontento por deseos insatisfechos, shalom nos da conciencia del logro alcanzado y de lo permanente, aun en medio de lo transitorio de nosotros mismos y de las cosas que nos rodean. Los rabinos dicen que la paz es uno de los pilares del mundo; sin ella, no podría existir el orden social. Por consiguiente, permítaseles a los hombres hacer su máximo esfuerzo para promoverla. La paz es la carga de la oración con la que termina todo servicio en la sinagoga: ¡Que Él, quien hizo la paz en sus cielos más altos, derrame de su paz sobre nosotros! 

Y de esa forma se nos indica que tenemos un doble deber: no sólo tenemos que ser pacificadores, sino que, al mismo tiempo, debemos ayudar a otros para que ellos también lo sean. La paz no sólo es personal, sino un ideal nacional. (Página 586, Dr. J.H. Hertz, The Pentateuch and Haftorahs)


“Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré.” La palabra “invocar” denota apartar para un propósito especial. La bendición sacerdotal es central al Shabat y a cada fiesta del SEÑOR. 


En preparación para la marcha hacia la Tierra Prometida, Moisés obedeció las instrucciones del SEÑOR y organizó militarmente el campamento, asignó a los levitas sus deberes. También debía equipar al Tabernáculo con los suministros necesarios. Números 7:1-88 nos habla acerca de las ofrendas de los jefes de las tribus. 


“El primer día llevó su ofrenda Naasón, hijo de Aminadab, de la tribu de Judá. Su ofrenda consistía en una bandeja de plata que pesaba mil cuatrocientos treinta gramos y un tazón de plata que pesaba setecientos setenta gramos (según el peso oficial del santuario), ambos llenos de la mejor harina, amasada con aceite, para la ofrenda de cereales; además, un cucharón de oro que pesaba ciento diez gramos, lleno de incienso, un becerro, un carnero, un cordero de un año para ofrecerlo como holocausto, un chivo para el sacrificio por el pecado, por último, para el sacrificio de reconciliación, dos toros, cinco carneros, cinco chivos y cinco corderos de un año.

Se dice que Naasón fue recompensado por la devoción que había mostrado hacia Dios, durante el paso por el Mar Rojo, porque cuando Israel (perseguido por los egipcios) llegó al mar, las tribus titubeaban si se lanzaban al mar o no. Según relata la tradición, Naasón, el príncipe de Judá, sin miedo se lanzó, con la firme confianza de que en su necesidad Dios estaría al lado de Israel.

Todos los jefes de las tribus ofrecieron lo mismo que Naasón. El segundo día llevó su ofrenda Natanael, hijo de Suar, jefe de la tribu de Isacar. El tercer día llevó su ofrenda Eliab, hijo de Helón, jefe de la tribu de Zabulón. El cuarto día llevó su ofrenda Elisur, hijo de Sedeúr, jefe de la tribu de Rubén. El quinto día llevó su ofrenda Selumiel, hijo de Surisadai, jefe de la tribu de Simeón. 

El sexto día llevó su ofrenda Eliasaf, hijo de Reuel, jefe de la tribu de Gad. El séptimo día llevó su ofrenda Elisamá, hijo de Amihud, jefe de la tribu de Efraín. El octavo día llevó su ofrenda Gamaliel, hijo de Pedasur, jefe de la tribu de Manasés. El noveno día llevó su ofrenda Abidán, hijo de Guidoní, jefe de la tribu de Benjamín. El décimo día llevó su ofrenda Ahiézer, hijo de Amisadai, jefe de la tribu de Dan. El día once llevó su ofrenda Paguiel, hijo de Ocrán, jefe de la tribu de Aser. El día doce llevó su ofrenda Ahirá, hijo de Enán, jefe de la tribu de Neptalí.


De acuerdo con el sabio Rashi, esos jefes de tribus eran los mismos que en Egipto estaban a cargo de los esclavos y que eran azotados si los hijos de Israel no terminaban con alguna tarea (Éxodo 5:14). Hasta ahora son recompensados.


“Las ofrendas de los príncipes era un tema favorito de los rabinos para sus homilías. Ellos aseguraban que, a pesar de que todos los obsequios de los príncipes eran idénticos, tenían en sí significados distintos para cada tribu. A partir de los tiempos de Jacob, quien se los anticipó, cada tribu sabía su historia futura, hasta la llegada del Mesías; por eso, cuando el altar fue dedicado, cada príncipe llevó las ofrendas que simbolizaban la historia del mundo, desde Adán hasta que el Tabernáculo fue erigido.” (Página 297, The Jewish Study Bible, Jewish Publication Society)


Moisés entró en la tienda del encuentro para hablar con el SEÑOR y escuchó que Él le hablaba desde encima de la tapa del arca de la alianza, de entre los dos seres alados (Números 7:89). 

“Presta oído, oh Pastor de Israel; tú que guías a José como un rebaño; tú que estás sentado más alto que los querubines; ¡resplandece! Delante de Efraín, de Benjamín y de Manasés, despierta tu poder y ven a salvarnos. Restáuranos, oh Dios; y haz resplandecer tu rostro sobre nosotros, y seremos salvos” (Salmo 80:1-3).


LA PORCIÓN DE LOS PROFETAS, JUECES 13:2-25


Durante el período de los jueces, Israel estaba sufriendo mucho en manos de los filisteos. “Y los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos del SEÑOR, y el SEÑOR los entregó en manos de los filisteos por 40 años” (Jueces 13:1).


Esos 40 años habían sido como una pesadilla de una noche interminable. No llegaba el amanecer, sufrían bajo las tinieblas pesadas que les impusieron los filisteos. Su yugo era demasiado pesado y opresor. 


En esos días había un hombre de la tribu de Dan, llamado Manoa. Su esposa no podía tener hijos y ella oraba mucho al respeto. Un día el Ángel del SEÑOR se le apareció a la esposa de Manoa y le dijo que tendría un hijo y que ella debía tomar el voto del nazareo: “Ahora pues, cuídate de no beber vino ni licor, y de no comer ninguna cosa inmunda” (Jueces 13:4). El niño que nacería también estaría sujeto al voto del nazareo: “No pasará navaja sobre su cabeza, porque el niño será nazareo para Dios desde el seno materno; y él comenzará a salvar a Israel de manos de los filisteos” (Jueces 13:5). 


La unción divina que reposaba sobre la cabeza del bebe que estaba por nacer era para que cumpliera la gran tarea de salvar a Israel de mano de los filisteos, y le sería concedida la fuerza física para hacerlo. 


Es el atributo divino de la paciencia del SEÑOR ilumina la historia de Sansón, desde el principio hasta el final. Manoa no estaba con su esposa cuando el Ángel del SEÑOR le habló y él perdió la visita celestial. Entonces el imploró al SEÑOR: “Te ruego que el hombre de Dios que enviaste venga otra vez a nosotros, para que nos enseñe lo que hemos de hacer con el niño que ha de nacer.” El SEÑOR escuchó su voz y el Ángel del SEÑOR vino otra vez. Pero esta segunda vez tampoco estaba Manoa. Entonces su mujer corrió para avisarle a su marido. Pacientemente el Ángel de SEÑOR le esperó y le habló, y le volvió a explicar el voto del nazareo. 

Asombrado, Manoa le preguntó al Ángel del SEÑOR: “¿Cuál es tu nombre?” Le respondió: “¿Por qué preguntas Mi nombre, viendo que es maravilloso?” (Jueces 13:18) 

¡Aquel cuyo Nombre es maravilloso es PACIENTE (Isaías 9:6)! Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y verdad (Éxodo 34:6). El Dios de la paciencia (Romanos 15:5).


La mujer de Manoa pronto concibió y dio a luz un hijo. Le puso por nombre “Sansón” (Shimshon, que significa “sol”, poder, fuerza, luz). El niño creció y el SEÑOR lo bendijo.


La unción del Espíritu se manifestó en Sansón, dándole fuerzas físicas extraordinarias (Jueces 13:25-14:6). El Espíritu del SENOR venia sobre el con poder, Sansón peleó los filisteos por 20 años. Fue a Gaza y tomó las puertas de la ciudad con los dos postes, las arrancó junto con las trancas y las echó sobre sus hombros y las llevó hasta la cumbre del monte frente a Hebrón (Jueces 16:3). “…tu descendencia poseerá la puerta de sus enemigos” (Genesis 22:17). Por medio de Sansón, hubo gran liberación para los hijos de Israel.


“Y Sansón vio”. Lamentablemente Sansón tenía una debilidad con sus ojos… en el sentido inmoral. Sansón vio una mujer filistea, Sansón vio a una ramera. Repetidas veces observaremos esta frase “Sansón vio” en su historia. Sansón no fue como Job, porque él hizo pacto con sus ojos para no pecar contra Dios (Job 31:1). 


Repetidas veces Sansón desafió al llamado de Dios, no puso la importancia debida en la a la unción divina que estaba sobre su cabeza. La retó. Vio a una mujer filistea del valle de Sorec y se enamoró de ella. Su nombre era Dalila (en hebreo, su nombre es “noche”). Los príncipes de los filisteos le ofrecieron dinero a Dalila si ella les decía de dónde venía la fuerza extraordinaria de Sansón. 


Entonces Dalila lo presionaba todos los días y Sansón la entretuvo con distintas respuestas. Pero ella persistió y no dejaba de fastidiarle. Finalmente llegó el momento en que Sansón se desesperó, “su alma se angustió hasta la muerte”. Abandonó cualquier cautela y se dejó llevar por Dalila. Le contó acerca del voto del nazareo (Jueces 16:16). Le explicó que la unción estaba sobre su cabeza (Jueces 16:18). Así fue como Sansón menospreció y profanó el voto del nazareo. 


Entonces Dalila aprovechó el momento vulnerable y lo envolvió en sus encantos femeninos. Sansón se quedó profundamente dormido sobre sus rodillas. Inmediatamente ella lo traicionó, llamó a un hombre a que rasura su cabeza. Lo despertó y lo vendió con un cruel grito: “¡Sansón, los filisteos se te echan encima! 


“Saldré como las otras veces” pensaba Sansón. Pero no pudo hacer nada, porque el SEÑOR se había apartado de él. Los filisteos lo prendieron y le sacaron los ojos. Lo ataron con cadenas de bronce y lo pusieron a girar en el molino de la prisión. Se reunieron para ofrecer un gran sacrificio a su ídolo abominable, Dagón. 


Envilecido y deshonorado, Sansón sirvió como entretenimiento para los filisteos. “¡Llamad a Sansón para que nos divierta!” Se burlaron de él y lo pusieron de pie entre las columnas del templo de su dios. Se reunió todo el pueblo en el estadio para observar el espectáculo y a reírse de él.


Pero en ese momento de degradación completa, estando totalmente ciego, literalmente sin sus ojos, por fin le llegó a Sansón la visión de que tanto carecía durante toda su vida. Se entregó al SEÑOR y lo invocó: “Te ruego que te acuerdes de mí y te suplico que me des fuerzas sólo esta vez, Oh Dios, para vengarme ahora de los filisteos por mis dos ojos” (Jueces 16:28).

Aquel cuyo Nombre es maravilloso le respondió. ¡El Dios de la paciencia renovó su voto del nazareo! 


Entonces Sansón se asió las dos columnas del medio sobre las que el edificio descansaba, y se inclinó con todas sus fuerzas. Cayó el ídolo y el edificio se derrumbó sobre los príncipes y sobre todo el pueblo que estaba allí. El número de filisteos que mató Sansón en el momento de su muerte fue más de los que había matado toda su vida. 


El nombre de Sansón se encuentra en la lista de los héroes de la fe (Hebreos 11:32).

Tenemos otro ejemplo del voto del nazareo durante el período en que gobernaba los jueces (I Samuel 1-2). Era un tiempo de gran apostasía en Israel. A causa de la rebelión del pueblo, la Palabra de Dios era muy escasa. “La palabra del SEÑOR escaseaba en aquellos días, las visiones no eran frecuentes” (I Samuel 3:1).


En la región montañosa de Efraín, vivía un hombre que se llamaba Elcana. Él tenía dos esposas: Ana y Penina. Ana era estéril, no podía concebir hijos y ella lloraba mucho por eso. Penina se burlaba de su dolor y le atormentaba constantemente. 


Tan profunda que le abatió la depresión, que Ana dejó de comer y lloraba todo el tiempo. Aunque su esposo intentaba consolarle, no podía: “¿Por qué lloras y no comes? ¿Por qué está triste tu corazón? ¿No soy yo para ti mejor que diez hijos?”


Ana amaba la Torá y conocía acerca del juramento del nazareo. En esos días, el Tabernáculo estaba en Silo. Un día estando allí en Silo, Ana oró. El sacerdote Elí la observaba desde el lugar donde él estaba sentado. Muy angustiada, Ana derramó su corazón al SEÑOR. Lloraba amargamente. Pero Elí pensó que ella estaba ebria y la regañó: “¿Hasta cuándo estarás embriagada? Echa de ti tu vino.”


Elí estaba muy equivocado. El licor no podía estar más lejos del corazón de Ana. De hecho, su corazón era puro y limpio. Su discernimiento estaba perfectamente claro y preciso, enfocado en el voto del nazareo. 


“Oh SEÑOR de los ejércitos, si tú te dignas mirar la aflicción de tu sierva, te acuerdas de mí y no te olvidas de mí, sino que das un hijo a tu sierva, yo lo dedicaré al SEÑOR todos los días de tu vida y nunca pasará navaja sobre su cabeza” (I Samuel 1:11).


Ana le respondió al sacerdote: “No, señor mío, soy una mujer angustiada en espíritu; no he bebido vino ni licor, sino que he derramado mi alma delante del SEÑOR. No tengas a tu sierva por mujer indigna; porque hasta ahora he orado a causa de mi gran congoja y aflicción.” 

Entonces Elí le respondió: “Ve en paz; y que el Dios de Israel te conceda la petición que le has hecho”. Fortalecida su fe, Ana pudo comer. La expresión en su rostro cambió a gozo y paz, la tristeza huyó para nunca más regresar. Pronto concibió y dio a luz un hijo, el cual le puso por nombre “Samuel”, que significa “oído por Dios”. 


El pequeño Samuel literalmente vivió en la presencia del SEÑOR. “El joven Samuel servía al SEÑOR en presencia de Elí. Y aconteció un día, cuando la lámpara de Dios aún no se había apagado y Samuel estaba acostado en el Templo del SEÑOR donde estaba el arca de Dios, que el SEÑOR llamó a Samuel, y él respondió: Aquí estoy” (I Samuel 3:1-4). 


“Samuel siendo niño, ministraba delante del SEÑOR, usando un efod de lino. Su madre le hacía su pequeña túnica cada año, y se la traía cuando subía con su marido a ofrecer el sacrifico anual. 

Entonces Elí bendecía a Elcana y a su mujer, y decía: Que el SEÑOR te dé hijos de esta mujer en lugar del que ella dedicó al SEÑOR. Y regresaban a su casa. Y el SEÑOR visito a Ana, y ella concibió y dio a luz tres hijos y dos hijas. Y el niño Samuel crecía delante del SEÑOR” (I Samuel 1:18-26).


Durante toda su vida, el oído de Samuel siempre estuvo muy atento a la Palabra de Dios. El llamado divino sobre su vida fue convocar al pueblo a abandonar los ídolos y a volverse al SEÑOR con todo su corazón, “y Él os librará de la mano de los filisteos” (I Samuel 1:11; 7:2-17).

La unción que estaba sobre la cabeza de Samuel era la de recibir la revelación de la Palabra de Dios. El SEÑOR le revelaba su Palabra a Samuel (I Samuel 3:19-21). El corazón de Samuel era enseñar al pueblo en el camino bueno y recto (I Samuel 12:23). Juzgó a Israel todos los días de su vida y los filisteos fueron sometidos (I Samuel 7:13-15). Se le llama a Samuel el último de los jueces y el primero de los profetas (Hechos 3:24; 13:20).


El SEÑOR honra a Samuel al lado de sus siervos amados Moisés y Aarón. “Moisés y Aarón estaban entre sus sacerdotes, y Samuel entre los que invocaron su nombre; ellos clamaron al SEÑOR; y Él les respondió” (Salmo 99:6; Jeremías 15:1). 


LA PORCION DE LOS EVANGELIOS, LUCAS 1:5-20


El profeta Malaquías ministró durante el período del segundo Templo. Su nombre significa “mi mensajero”. Fue el último profeta que habló antes de que el SEÑOR enviara al mensajero (Juan el bautista) y luego al mensajero del pacto (el Mesías). Su mensaje es dirigido a todo Israel: “Acorados de la Tora de mi siervo Moises…que Yo te ordene en Horeb para todo Israel” 


Malaquías expuso la corrupción y la negligencia de los sacerdotes en el segundo Templo y también dio a conocer la apostasía del pueblo. Era como que las lecciones de la destrucción del primer Templo y todas las perdidas por la cautividad de Babilonia habían sido olvidadas.  


Después de la victoria milagrosa de Juda sobre los griegos y de la re-dedicación del segundo Templo por la abominación desoladora de Antioco Efpifanes IV, comenzó un nuevo gobierno en Israel que se conoce como la dinastía Hasmonea. Dejaron de distinguir entre los oficios del rey y del sacerdote y, sin pena, los lideres asumían los dos títulos (algo que solamente el Mesias tiene derecho hacer). Se apartaron de la Palabra de Dios e hicieron lo malo.


Aunque Juda tuvo un periodo de independencia, fue breve. En vez de buscar al SEÑOR en esa época, más bien se alejaron. Hubo un gran declive moral y el sacerdocio se corrompió. 

“Ay, qué fastidio, es en vano servir a Dios” decían. Profanaban la mesa del SEÑOR con ofrendas no aceptables. Traían lo que habían robado o lo que estaba enfermo, daban lo inservible. Se desviaron del camino de la Torá. Los temerosos de Dios eran pocos. 


Pero Malaquías promete la venida del Mesías seria para la purificación del pueblo: “Vendrá de repente a su Templo. ¿Quién podrá soportar el día de su venida? Es como fuego de fundidor y como jabón de lavanderos. Purificará a los hijos de Leví” (Malaquías 3:1-4). 


Promete que, estando Israel en la oscuridad de la apostasía, “se levantará el sol de la justicia con la salud en sus alas” (Malaquías 4:2). El profeta implora a todo Israel a retornar a la Torá. Por medio de su siervo, Malaquías, el SEÑOR promete que enviará el profeta Elías para hacerles volver (Malaquías 4:4-6).


Después del profeta Malaquías pasaron 400 años sin escuchar más la voz del SEÑOR por medio de un profeta levantado por El. Lo que sería el imperio romano iba surgiendo, creciendo, expandiendo. La Batalla de Corinto (146 AC) marcó el inicio del dominio romano sobre Grecia.  Roma se volvió enorme…el profeta Daniel lo describe como una bestia terrible y espantosa, que devora y pisotea todo. Entonces los asuntos sagrados de Jerusalem y del Templo quedaron en manos sucias y todo era controlado por las autoridades romanas, manipulado y profanado por el Adversario de nuestras almas. El sacerdocio de Israel se vendió aún más en corrupción e hicieron de la Casa de Dios en un mercado, en una cueva de ladrones.


Durante el tiempo del rey Herodes Antipas (4 AC- 39 DC), vivía una pareja del linaje sacerdotal. Ambos se conducían intachablemente en los mandamientos de Dios: Elizabet y Zacarias. 

Un día, mientras Zacarías ejercía su ministerio sacerdotal en el Templo, precisamente a la hora de la ofrenda del incienso, se le apareció un ángel del SEÑOR y le dijo: “No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y lo llamarás Juan (gracia). Y tendrás gozo y alegría y muchos se regocijarán por su nacimiento. Porque él será grande delante del SEÑOR; no beberá vino ni licor, y será lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre. Y él hará volver a muchos de los hijos de Israel al SEÑOR su Dios. 

E irá delante de Él en el espíritu y poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los desobedientes a la actitud de los justos, a fin de preparar para el SEÑOR un pueblo bien dispuesto” (Lucas 1:13-17). 


¡Era una gran revelación! No sólo iban a tener un hijo, pero sería el mismo mensajero prometido por el profeta Malaquías, con el Espíritu y el poder de Elías. Pero Zacarias no pudo creer lo que estaba oyendo y por ello (simbolizando los muchos años sin voz de profeta) el SEÑOR quitó su habilidad para hablar. Cuando escribió “su nombre es Juan” (Lucas 1:57-66), inmediatamente pudo hablar y alabó al SEÑOR. Todos los que oían se maravillaron: “¿Qué, pues, llegará a ser este niño? Porque la mano del SEÑOR ciertamente esta con él”. 


Así como fue con las matriarcas de Israel, la esterilidad de Elisabet hizo resaltar una vez más la gracia divina. Ante la realidad humana imposible, el SEÑOR resplandece en su favor y bondad, en su intervención divina y milagrosa. Su GRACIA.


Tan poderosa era la unción del Espíritu sobre Juan, que aún antes de nacer estando todavía en el vientre de su madre, Elizabet, proclamó la venida del Mesías (Juan 1:39-45). Y durante su vida predicó fielmente al pueblo: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 3:2).


Así como Elías, Juan el bautista impartió la Palabra de Dios con celo, y desafió a las autoridades. Confronto a Herodes Antipas por su matrimonio con Herodías, la ex esposa de su hermano Felipe. Herodías tomó venganza contra Juan por sus críticas de la manera más horrenda.

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Durante el periodo del segundo Templo, para algunos el desierto era considerado como un sitio de esperanza mesiánica. Allí se juntaban los que querían el fin de la ocupación romana. Basándose en las profecías de Isaias, anticipaban el fin del imperio romano y la llegada del reino de los cielos. 


Un grupo de judíos había huido la corrupción sacerdotal en Jerusalem e hicieron su comunidad aislada en el desierto, en las cercanías al mar muerto. Los conocemos como los esenios. Se dedicaron a la copia de las Escrituras. 


Juan el bautista no era de la comunidad de los esenios, pero su ministerio se llevó a cabo “en el desierto”, más que todo en el sentido espiritual. Así como en los tiempos de Elías, la sequía y hambruna reflejaba la realidad espiritual del pueblo. Literalmente no llovió durante 3 años y medio. Con mucho celo Elías ministró, desafió a los profetas de Baal.


Ante la inminente destrucción romana que sucedió en el año 70 DC, los esenios guardaron las copias de las Escrituras y también sus propios escritos en vasijas y las escondieron en cuevas. Permanecieron allí por casi 2000 años, hasta su hallazgo en 1947 por un muchacho beduino… fue accidental y milagroso. Realmente fue la misma voz del SEÑOR una vez más, por medio de su profeta Isaias, en un momento crucial de la historia de Israel. Seis millones de su pueblo habían sido asesinados por la maquinaria bestial nazi… pero el rollo del profeta Isaias fue encontrado completo y el precioso tesoro esta guardado hoy en Israel, en el museo del libro… se escuchó una vez más la voz del SEÑOR en el desierto…todas las hermosas promesas de restauración y vida, después de la horrenda masacre de la segunda guerra mundial.


Así como el profeta Elías instó a la casa de Israel a dejar sus malos caminos y a retornar a la Torá, Juan el bautista ministró al pueblo de Judá antes de la primera venida de Yeshua. Les habló acerca de la pronta llegada del reino de los cielos y les predicó mensajes acerca del arrepentimiento (Lucas 1:13-17). La gente lo buscaba en el desierto y de su boca escuchaban la Palabra de Dios. 


Juan convocó al pueblo al arrepentimiento y así preparó el camino para el Mesías. Él sabía que suya era esa voz en el desierto, la misma que había profetizado Isaías (Isaías 40:3; Juan 1:19-34; Lucas 3:1-22). (Isaías 53). Los que creían en su mensaje y se arrepentían se sumergían en las aguas de purificación, marcando así su decisión de corregir sus malos caminos y prepararse para la llegada del Mesías.


“Yo a la verdad os bautizo con agua para arrepentimiento, pero el que viene detrás de mí es más poderoso que yo, a quien no soy digno de quitarle las sandalias; Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego” (Mateo 3:11). “He aquí, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.


Isaias Capitulo 35 se refiere tanto a la primera venida del Mesias, como a la segunda. El profeta nos revela que el SEÑOR hará una calzada, un camino, en el desierto. Se llamará “Camino de Santidad” y el inmundo y el necio no andarán en ella. Será el camino para los redimidos. “Volverán los rescatados del SEÑOR, entrarán a Sion con gritos de júbilo, con alegría eterna sobre sus cabezas. Gozo y alegría alcanzarán, y huirán la tristeza y el gemido” (Isaias 35:8-10). 


En los posteros días, en el mismo Espíritu y poder de Elías y de Juan el bautista, enfocado en las promesas de la restauración de todas las cosas (Mateo 17:11), los atalayas del SEÑOR convocarán a todo Israel a retornar a la Torá: “acordaos de la Torá de mi siervo Moisés, de los estatutos y las ordenanzas que yo le ordene en Horeb para todo Israel” (Malaquías 4:4). “Porque habrá un día en que clamaran los guardas en la región montañosa de Efraín: levantaos y subamos a Sion, al SEÑOR nuestro Dios” (Jeremías 31:6). En este mismo momento nosotros también estamos construyendo la calzada en el desierto.

 


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Desde la declaración del estado de Israel en 1948, el retorno a la Tierra Prometida ha sido posible



      El retorno a la tierra de Israel

      Aliyá

       La palabra hebrea "aliyá" significa subir y se refiere al retorno de los hijos de Israel a la Tierra Prometida


      ¡El Eterno bendice a los creyentes de las naciones que aman las Escrituras y su plan de la restauración de Israel!

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