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Devarim (palabras)

Shabat Jazon

El Shabat que precede el ayuno del quinto mes (el 9 de Av) recibe el nombre “Jazón” por la primera palabra de la porción de los profetas que corresponde (Isaías 1:1-27): “Visión que tuvo Isaías”.  El profeta describe la condición lamentable de Jerusalem, habla de la mano del SEÑOR extendida contra ella en disciplina, y da a conocer su consolación: “Sion será redimida con juicio y sus arrepentidos (es decir, los que retornan) con justicia” (Isaias 1:27). 


Aunque el nombre “Av” del quinto mes del calendario bíblico es babilónico, es interesante que en el idioma hebreo significa “padre”. En este mes se ve la mano del Eterno aplicando su disciplina como Padre, con el propósito de que sus hijos corrigen sus malos caminos. Aplica su disciplina “siete veces más”, siempre dentro del marco de pacto, porque su fin es la RESTAURACION de todas las cosas. En sus acciones disciplinarias, nuestro Padre que está en los cielos jamás pierde el control de lo que esta haciendo. Es fiel a lo que ha jurado y cumplirá sus promesas sin fallar. Su disciplina es motivada por su amor. Proverbios 13:24: “El que escatima la vara odia a su hijo, más el que lo ama lo disciplina con diligencia”. 


Hoy que es el Shabat de la visión o la profecía, el SEÑOR en su gran bondad ofrece mostrar al Templo mesiánico a los que le aman y anhelan la llegada de su reino.


Se cuenta la historia de un padre que compró finos trajes para su hijo. El primer traje que le compró fue esplendido, pero el hijo no supo apreciarlo y lo arruinó. Luego su padre le compró un segundo traje, pero ese también lo estropeó. Entonces su padre le dijo que le compraría un tercer traje, pero que esta vez lo iba a guardar en su armario, hasta que el hijo aprendiera cómo apreciar y cuidar la ropa fina. Le dijo que mientras tanto, sólo le iba a mostrar el traje. Nada más tenía permiso para verlo de vez en cuando, pero no lo podía vestir hasta que aprendiera cómo portarse. 


Shabat Jazón es el día en que el padre abre su armario y le permite a su hijo ver una vez más el hermoso traje que le espera, hasta el momento en que por fin sepa apreciar y cuidar las buenas dadivas que recibe.


Podríamos decir que el libro del profeta Ezequiel es como el “armario” del Eterno, ya que contiene la revelación del tercer Templo. “Y tú, hijo de hombre, describe a la casa de Israel el Templo, para que se avergüencen de sus iniquidades, y tomen las medidas de su plano…enséñales el diseño del Templo, su estructura, sus salidas, sus entradas, todos sus diseños, todos sus estatutos y todas sus leyes…” (Ezequiel 43:10-12).


LA PORCIÓN DE LA TORÁ, DEUTERONOMIO 1:1-3:22 La repetición de la Torá a la nueva generación, Moisés recuenta lo que sucedió después de que salieron de Horeb (Sinaí), les recuerda cómo sus padres habían rehusado subir a la Tierra Prometida


LA PORCIÓN DE LOS PROFETAS, ISAÍAS 1:1-27“Oíd, cielos, y escucha tierra, porque el SEÑOR habla: Hijos crie y los hice crecer, más ellos se han rebelado contra mí”. El SEÑOR crio a sus hijos con la Torá, con la mejor escuela. Sin embargo, se rebelaron y no recibieron su Palabra ni aprendieron sus caminos. El resultado fue el exilio y la desolación de la Tierra Prometida.


“Vuestra tierra está desolada, vuestras ciudades quemadas por el fuego, vuestro suelo lo devoran los extraños delante de vosotros, y es una desolación, como destruida por extraños” (Isaías 1:7). El profeta Isaías advierte acerca del exilio de Babilonia y también del galut (exilio) romano (Isaías 6:9-13). También profetizó acerca del recogimiento (el retorno) de los exiliados al sonido del gran shofar (Isaías 27:12-13).


LA PORCIÓN DE LOS EVANGELIOS, MATEO 24:1-22 La destrucción del segundo Templo en el año 70 DC marcó el inicio del exilio romano hasta los 4 confines del mundo, y abarca el periodo de tiempo conocido como “los tiempos de los gentiles”.


La segunda venida del Mesías pondrá fin al largo galut (exilio) romano. Citando Isaías 27:12-13, Yeshua se refiere al kibutz galuyot, es decir, la reunión de los exiliados desde los confines de la tierra: “vendrán y adorarán al SEÑOR en el monte santo en Jerusalem”. Se trata de la misma restauración que fue profetizada por Moisés en la Torá. 


El nombre más antiguo para el quinto libro de la Torá es “Mishné Torá” y significa copia de la Torá. Está basado en Deuteronomio 17:18. Hoy se conoce por su nombre en hebreo Devarim que significa las palabras, éstas son las palabras (Deuteronomio 1:1). El nombre griego “Deuteronomio” significa segunda Ley.


En Deuteronomio Moisés repite la Torá a la nueva generación que estaba por entrar a tomar posesión de la Tierra Prometida. Desde las llanuras de Moab, frente de Jericó, recuenta la historia del éxodo de Egipto a los hijos de Israel de la nueva generación. 


En las últimas semanas de su vida, Moisés se esforzó mucho para hacernos recibir el amor del SEÑOR. Es necesario CREER que nos ama, agradecer ese amor y caminar todos los días de la vida en el. Moises también quiere hacernos entender que debemos amar al Eterno con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (Deuteronomio 6:4-5). Que nuestra obediencia a su Palabra sea motivada por amor a Él (I Juan 2:3-6; Juan 14:21, 23-24). 


En sus palabras de despidida, Moisés hace énfasis en que el SEÑOR es nuestro Padre, y que su amor es fiel, eterno, incondicional y restaurador. Pronto iba a morir y por eso, pone todo su esmero en comunicarles que el Padre celestial permanece siempre con su pueblo y que no íbamos a quedar huérfanos, ni seriamos abandonados por Él. 


A pesar de que los hijos de Israel iban a provocar al SEÑOR a ira haciendo lo malo ante sus ojos, e iban a ir al exilio “y quedaréis pocos en número entre las naciones adonde el SEÑOR os llevará”, las promesas del retorno y la restauración permanecen firmes, inamovibles, ancladas en el pacto (Deuteronomio 4:25-40).


Toda la generación del éxodo ya había muerto, con la excepción de Caleb y Josué. La repetición de la Torá para el beneficio de la nueva generación era algo de suma importancia. La generación de la conquista debía guardar en su memoria lo que había sucedido a sus padres durante su caminar de 40 años en el desierto. Ellos debían pasar la herencia incorruptible, la Torá, a su descendencia.


A la nueva generación le tocaría observar los mandamientos relacionados con la vivencia en la Tierra Prometida. Para poder poner a todos los mandamientos de la Torá en práctica, es necesario habitar en la Tierra Prometida porque literalmente hay que subir “al lugar donde el SEÑOR había puesto su Nombre”, es decir, a Jerusalem. El hecho de repetir los mandamientos a oídos de la nueva generación denota la renovación de la entrega de los hijos de Israel. Se presenta una nueva oportunidad a una nueva generación.


Se dice que en el momento en que el SEÑOR le informó a Moisés que él habría de morir luego de la batalla con Madián y que él solicitó: “Por favor Hashem, permíteme repasar toda la Torá con el pueblo antes de mi fallecimiento. Deseo esclarecer cualquier duda que puedan tener y familiarizarlos con los detalles de la Torá.” (Página 1, El Midrash Dice, El Libro de Devarim, por Rabino Moshé Weissman, Editorial Bnei Sholem copyright 1998) Ya que Moisés no iba a entrar con ellos a la Tierra Prometida, el Eterno le concedió el último deseo de su corazón en dejarles establecidos en su Palabra, para que les fuera bien, con el fin de prolongar sus días bendecidas en la tierra que manaba leche y miel. 


La fecha registrada es la luna nueva del onceavo mes, del año 40 después del éxodo de Egipto (Deuteronomio 1:3). Se piensa que Moisés concluyó sus mensajes de despedida el 6 de Adar (el doceavo mes), 36 días después. Luego el muy amado siervo del Dios Altísimo subió al monte Nebo y contempló desde allí la Tierra Prometida. La tradición judía dice que el Eterno lo besó y así fue como Moisés murió. 


Llegó al final de su larga jornada… la que había empezado aquel día tan angustioso cuando su bella madre lo besó y lo colocó en la cestilla. Moisés fue recibido por Abraham y los demás patriarcas en el Tabernáculo celestial. Entrando en el gozo del SEÑOR, reposó de todas sus obras. 


“El SEÑOR vuestro Dios os ha multiplicado y he aquí que hoy sois como las estrellas del cielo en multitud” (Deuteronomio 1:10). Así como el Eterno le había prometido a Abraham, sus hijos eran como las estrellas del cielo. Solamente el Eterno conoce su número porque Él puede contar las estrellas y ponerle a cada una su nombre (I Crónicas 27:23; Deuteronomio 10:22; Salmo 147:3-4). Nadie falta. 


Los redimidos del SEÑOR son semejante a las estrellas porque imparten la luz y el entendimiento de las Escrituras a otras personas en tiempos y lugares oscuros (Daniel 12:3; Mateo 13:43; Filipenses 2:15). Forman parte del incontable ejercito del SEÑOR (Isaías 40:26-31). Gobernarán y poseerán la puerta de sus enemigos (Génesis 22:17)​.


A Josué le quedó la gran tarea y privilegio de conducir a la nueva generación de los hijos de Israel a la Tierra Prometida. Fielmente dirigió la conquista de la tierra y asignó a cada tribu su porción según la instrucción divina. Josué sirvió al Eterno toda su vida. 


Los discursos de Moisés en el libro de Deuteronomio son sus últimos mensajes, los de su despedida. Repite las palabras PACTO, CORAZÓN, AMOR, HOY, OIR (OBEDECER), RECORDAR. Las utiliza muchas veces porque quiere grabarlas en nuestras mentes, quiere comunicarnos lo que está en el corazón del Eterno para nuestro bien.


Hace mucho énfasis en que HOY es la oportunidad para escoger vida. La invitación está siempre abierta y vigente. Es para hoy. 


Moisés también quiere hacer al pueblo RECORDAR los días de la esclavitud en Egipto. Deben recordar también los días en el inmenso y terrible desierto. Así, de la misma manera, profunda gratitud por la redención debe gobernar la conducta nuestra de todos los días. 


El anhelo más fuerte que latía en el corazón de Moisés está expresado en sus palabras de despedida. Se esfuerza para hacernos entender que la Torá tiene que ser escrita en nuestros corazones (Deuteronomio 6:6). Que tengamos un CORAZON receptivo, lleno de su Palabra.


El corazón circuncidado significa que la carne que obstruye ha sido removida y, sin estorbo alguno, el Espíritu del SEÑOR tiene toda la libertad para escribir su Torá en un corazón creyente, sensible y receptivo. Como buena tierra, recibe la Palabra sembrada y responde para dar mucho fruto.


Moisés quiere impartirnos un estilo de vida de obediencia a la Palabra de Dios: “cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes”. Es la instrucción, la bendición y luz para alumbrar cada paso del caminar de la vida (Deuteronomio 6:7). Es sólo así que la obediencia a la Torá se logrará pasar de una generación a la siguiente.


Moisés imparte bendición a la generación que pronto entraría a tomar posesión de la Tierra Prometida, e incluye a todas las generaciones venideras: “No hizo el SEÑOR este pacto solamente con nuestros padres, sino con nosotros, con todos aquellos de nosotros que estamos vivos hoy” (Deuteronomio 5:3). 


El hecho de repetir o bien, pasar la Torá a la siguiente generación es lo más importante, lo más esencial. Es el tesoro más valioso que existe para poder pasar a las generaciones venideras como una herencia incomparable. “Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no abandones la enseñanza de tu madre” (Proverbios 1:8). 


“La historia principia en el instante en que los hijos de Israel, acampados en las llanuras de Moab, están parados, listos para entrar a la Tierra Prometida. La entrada a Canaán sería el clímax de la historia, iniciada con las promesas hechas a los antecesores en Génesis, y cuya realización había sido postergada por la esclavitud en Egipto y el haber tenido que estar caminando en el desierto.


Ahora, ya Moisés está en las vísperas de su muerte y la nación está por entrar sin él. Es el líder de Israel quien habla en Deuteronomio y es él quien detiene la acción para poder dar en serie sus tres discursos, agrupados en uno solo, largo, de despedida. Él repasa la historia de la nación, comenta sus leyes, y les instruye acerca de la importancia de que le deben ser leales a Dios. También les ruega encarecidamente que mantengan esta combinación de ley e instrucción teológica como un pacto hecho en las llanuras de Moab, uno que amplía el que previamente habían jurado en Horeb. (El nombre que en Deuteronomio se le da al Sinaí; 28:69). Solamente después de terminados esos tres discursos y un apéndice (Capítulos 31-34) es que la narrativa se restablece en Josué y Jueces con un recuento de cómo entra la nación a Canaán.” (Página 356, Introduction to Deuteronomy, The Jewish Study Bible, Jewish Publication Society Tanakh translation copyright 1985,1999 by the Jewish Publication Society)


El recuento que hace Moisés acerca de los acontecimientos en el desierto resalta la fidelidad del SEÑOR. Imparte ánimo a Josué, el nuevo líder, y también a los hijos de Israel que pronto iban a enfrentar siete naciones mucho más poderosas que ellos. 


A nosotros también nos animan las palabras de Moisés. En nuestro caminar en la vida no debemos tener miedo. Sólo tenemos que confiar en el SEÑOR de los ejércitos porque Él es BUENO y nos AMA. “No os aterréis ni tengáis miedo de ellos, el SEÑOR vuestro Dios va delante de vosotros, Él peleará por vosotros, así como lo hizo delante de vuestros ojos en Egipto (Deuteronomio 1:29-30).


Deuteronomio 1:2: “Hay 11 días de camino desde Horeb, por el camino del monte Seir, hasta Cades-barnea.” Entonces ¿por qué tomaron 40 años para cumplir un viaje podían haber realizado en sólo 11 días? Por medio de esta realidad, el SEÑOR nos está enseñando una gran verdad de la vida. Quiere que entendamos que el propósito de la vida nuestra no se trata solamente de llegar al destino final. Se trata también del camino, la senda, para llegar allí. No es sólo el destino, es también la jornada.


Algunos enseñan que la salvación se trata de un boleto gratuito que uno adquiere por medio de una oración, o bien por una declaración de fe que se hace una vez en la vida. Pero la realidad no es así. ¡SOMOS SALVOS POR FE Y PARA FE! Los 40 años de los hijos de Israel en el desierto nos ilustran claramente que se trata de todo el caminar de nuestra vida. 


Es el período de prueba del corazón del hombre, durante el cual tendremos muchas oportunidades para buscar al SEÑOR, conocerle y crecer en la fe. ¿Aprenderemos a amarle como nuestro Padre, a reconocer y a agradecer sus bendiciones? ¿Escogeremos vida? ¿Cómo será nuestro comportamiento con el prójimo? 


Simbólicamente, el número 40 señala el tiempo que nos es concedido por el Eterno para poder buscarle. Así como un bebe necesita 40 semanas para crecer en el vientre de su madre, el SEÑOR nos concede un cierto número de días para acercarnos a Él (Salmo 139:13-16; Deuteronomio 8:2-5). A Moisés el SEÑOR le concedió tres períodos de 40 años (Hechos 7:23, 30). 

Durante los 40 años que pasó en el desierto con los hijos de Israel, Moisés les entrenó para la guerra. Ya no eran esclavos y debían aprender a ser soldados valientes y esforzados en el gran ejército del SEÑOR. 


Cuando recién salieron de Egipto no estaban preparados para la guerra. Fácilmente podían haber regresado a Egipto, de hecho, propusieron hacerlo más que una vez. Durante todo su caminar en el vasto desierto, el SEÑOR de los ejércitos les hizo conocer a sus adversarios y preparó a los hijos de Israel para las batallas. Durante sus jornadas, el Eterno se dio a conocer cada día más y más a los hijos de Israel. Vivieron su amor, comieron el maná. Conocieron la misericordia y la victoria del Santo de Israel. La fama del Dios de Israel, el único y verdadero, también alcanzó a las naciones.


Moisés recuenta lo que sucedió después que salieron de Horeb (Sinaí). Les habla acerca del nombramiento de los ayudantes (Deuteronomio 1:9-18). Este momento es registrado en Números 11:10-23 (Parashá Behaalotja). 


El pueblo se quejaba constantemente y se mostraron aburridos con el maná que el SEÑOR les proveía. Tenían un deseo insaciable de comer carne (Números 11:4-9). Habían olvidado las obras de Dios y no esperaron su consejo. Tuvieron apetitos desenfrenados en el desierto y tentaron a Dios. “¿Quién nos dará carne para comer? Nos acordamos del pescado que comíamos gratis en Egipto, éramos mejor en Egipto, para qué salimos.” 


El SEÑOR les dio la carne que pedían, pero al mismo momento envió una plaga mortal sobre ellos. Sucedió que mientras la carne estaba aún entre sus dientes, antes que la masticaran, la ira del SEÑOR se encendió contra ellos, y azotó a los codiciosos.


Dirigir al pueblo no era nada fácil. El tener que escuchar y atender a sus constantes pleitos era realmente agotador e insoportable. Era una carga muy pesada que Moisés llevaba. Muchas veces él se sentía totalmente abrumado ante el comportamiento carnal del pueblo, daban rienda suelta a la inclinación hacia el mal.


Moisés le dijo al SEÑOR que la carga era demasiada pesada. Entonces le instruyó que reuniera a 70 ancianos “los cuales sepas que tienen autoridad entre el pueblo”. Les dio una parte del Espíritu que Moisés tenía (Números 11:16-17). 


“Escoged de entre vuestras tribus hombres sabios, entendidos y expertos, y yo los nombraré vuestros jefes... Oíd los pleitos entre vuestros hermanos y juzgad justamente… no mostraréis parcialidad en el juicio; lo mismo oiréis al pequeño que al grande. No tendréis temor del hombre, porque el juicio es de Dios” (Deuteronomio 1:13, 16-17).


Números Capítulo 11 nos cuenta que en cuanto el Espíritu reposó sobre los ancianos, ellos hablaron como profetas. Josué sintió celos por Moisés y le dijo que lo prohibiera. Pero Moisés le respondió: “¡Quisiera el SEÑOR que le diera su Espíritu a todo su pueblo, y que todos fueron profetas!” 


La nueva generación debía recordar que el SEÑOR es justo y le agrada la justicia. Hombres sabios y entendidos, guiados por el Espíritu de Dios son los que debían ejercer el liderazgo (II Crónicas 19:6-7; Hechos 10:34-35; Santiago 2:1-4; Proverbios 29:25-26).


Moisés recuenta cómo habían rehusado subir a la Tierra Prometida. Anhelaba que la nueva generación abrazara la Torá con una entrega renovada, y que no se repitiera la rebelión de aquel 9 de Av, cuando sus padres rehusaron subir a la Tierra Prometida. 


Lo que había sucedido ese día terrible había dejado una profunda cicatriz en el corazón de Moisés. Su oración ferviente era que la nueva generación no cayera en la misma desgracia. Moisés relata a la nueva generación acerca del envío de los 12 exploradores a la Tierra Prometida (Deuteronomio 1:19-46). 


La Parashá Shelaj-Leja (Números 13:1-15:41) detalla lo sucedido. Doce exploradores fueron enviados a reconocer la Tierra Prometida. Regresaron después de 40 días. Sin embargo, en vez de dar el testimonio honesto de la tierra buena, animando a los oyentes hacia la conquista y la victoria, enfocándose en la bondad del SEÑOR, ellos se hicieron énfasis en los enemigos y contagiaron al pueblo con su desanimo, incredulidad y derrota (Números 13:31-33).

Murmuraron en sus tiendas y dijeron: “el SEÑOR nos aborrece, nos ha sacado de la tierra de Egipto para destruirnos” (Deuteronomio 1:27). 


Los que tienen corazón rebelde contra el Eterno, no creen que Él es bueno, no reciben su Palabra. Tampoco creen que Dios les ama (I Juan 4:16). No confían que el SEÑOR es capaz de cuidarlos (I Pedro 5:7). Lo acusan falsamente y le atribuyen despropósito. Prefieren confiar en sus propios esfuerzos carnales y hacer las cosas a su manera.


Caleb intentó calmar y animar a pueblo y les exhortó a tener fe. Pero no lo escucharon (Números 13:20). De los 12 exploradores enviados a ver la Tierra Prometida, solamente Caleb y Josué creyeron. Solamente ellos confiaron en el SEÑOR e intentaron compartir su fe con el pueblo.

El SEÑOR les dijo: “Josué, hijo de Nun, que está delante de ti, él entrará allá, anímale, porque él hará que Israel la posea. Y vuestros pequeños, que dijisteis que vendrían a ser presa, y vuestros hijos, que hoy no tienen conocimiento del bien ni del mal, entrarán allá, y a ellos yo la daré, y ellos la poseerán” (Deuteronomio 1:28-39).


Entonces el pueblo respondió que ellos habían pecado contra Dios, y dispusieron subir a la Tierra Prometida por su propia cuenta. Cada uno se ciñó sus armas de guerra. El SEÑOR les advirtió que no lo hicieron, pero no le escucharon. Obraron con presunción y subieron. 


Entonces los amorreos que moraban allí salieron corriendo a perseguirlos, y fueron derrotados. 

Deuteronomio 1:8: “Mirad, he puesto la tierra delante de vosotros; entrad y tomad posesión de la tierra que el SEÑOR juró dar a vuestros padres Abraham, Isaac y Jacob, a ellos y a su descendencia después de ellos.” 


"No quisisteis subir” (Deuteronomio 1:26). Subir tiene una connotación espiritual muy importante. Se sube (se hace aliyá) a la Tierra Prometida, se sube (se hace aliyá) a la Torá. 


Es difícil subir una cuesta ya que requiere un esfuerzo especial. Es mucho más fácil descender. Se sube a Jerusalem, pero se baja a Egipto. Se sube a la Casa del SEÑOR. Los que confían en el SEÑOR suben. Se baja, se desciende, cuando se confía en el hombre (Isaías 2:1-3; 31:1). Él que es humilde sube. Él que tiene manos limpias y corazón puro, sube. Él que se arrepiente, deja sus malos caminos y busca al SEÑOR, sube. Él que pregunta por la senda antigua que conduce a Sion, sube (Isaías 57:15; Salmo 24:3-5; Jeremías 6:16; 50:4-5; Lucas 15:17-20).


Quizás nuestra tendencia es creer que somos muy superiores a la generación del éxodo, que jamás caeríamos en semejante rebelión como ellos. Pero no es así. Es tan fácil caer en el mismo pecado de rebelión e incredulidad, aceptar la derrota y regresar a la esclavitud. Por eso Pablo nos advierte claramente: “Por tanto, el que cree que está firme, tenga cuidado, no sea que caiga” (I Corintios 10:1-12; Salmo 95:10-11; Hebreos 3:16-19).


Moisés les hace ver que el Eterno es su Padre. Les recuerda las instrucciones que el SEÑOR les dio para pasar por el territorio de los hijos de Esaú que habitaban en Seir (Deuteronomio 2:1-6). 

Les recuerda acerca del fiel cuidado del SEÑOR: “Él ha conocido peregrinar a través de este inmenso desierto. Por 40 años el SEÑOR tu Dios ha estado contigo; nada te ha faltado” (Deuteronomio 2:7). “Y en el desierto, donde has visto cómo el SEÑOR tu Dios te llevó, como un hombre lleva a su hijo, por todo el camino que habéis andado hasta llegar a este lugar” (Deuteronomio 1:31). 


Por 40 años el SEÑOR le proveyó en el desierto y nada les faltó, sus vestidos no se gastaron, ni se hincharon sus pies (Nehemías 9:21). El SEÑOR no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras iniquidades. Nos trata con gran misericordia, se compadece de nosotros como un padre se compadece de sus hijos (Salmo 103:10-14).


Deuteronomio 8:2-7: “Y te acordarás de todo el camino por donde el SEÑOR tu Dios te ha traído por el desierto durante estos 40 años, para humillarte, probándote, a fin de saber lo que había en tu corazón, si guardarías o no sus mandamientos. Y te humilló, y te dejó tener hambre, y te alimentó con el maná que no conocías, ni tus padres habían conocido, para hacerte entender que el hombre no sólo vive de pan, sino que vive de todo lo que procede de la boca del SEÑOR. Tu ropa no se gastó sobre ti, ni se hinchó tu pie durante estos 40 años. 


Por tanto, debes comprender en tu corazón que el SEÑOR tu Dios te estaba disciplinando, así como un hombre disciplina a su hijo. Guardarás, pues, los mandamientos del SEÑOR tu Dios, para andar en sus caminos y para temerle. Porque el SEÑOR tu Dios te trae a una tierra buena, a una tierra de corrientes de aguas, de fuentes y manantiales que fluyen por valles y colinas; una tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados; una tierra de aceite de oliva y miel; una tierra donde comerás el pan sin escasez, donde nada te faltará; una tierra cuyas piedras son hierro, y cuyo monte puedes sacar cobre.”


El SEÑOR es Padre para Israel y tiene planes para su restauración. Reunirá a su pueblo de los 4 confines de la tierra, y los hará andar junto arroyos de aguas, por camino derecho en el cual no tropezarán (Jeremías 31:8-9).


Moisés trajo a la memoria el camino de Cades-barnea a Zered, la conquista de Sehón y la derrota del rey de Basán (Deuteronomio 2:8-3:11). El SEÑOR entregó estos dos reyes poderosos en manos de Israel. 


Les hace recordar la victoria y sus palabras imparten ánimo a Josué (Deuteronomio 3:21-22). “Tus ojos han visto todo lo que el SEÑOR vuestro Dios ha hecho a estos dos reyes, así hará el SEÑOR a todos los reinos por los cuales vas a pasar. No les teméis, porque el SEÑOR vuestro Dios es el que pelea por vosotros.”


LA PORCIÓN DE LOS PROFETAS, ISAÍAS 1:1-27 


El profeta Isaías ministró la Palabra de Dios al pueblo de Israel del año 740-701 AC. Los reyes de la casa de Judá durante ese tiempo eran Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías. Los reyes de la casa de Israel eran Jeroboam II, Manahem, Pekaía y Oseas. 


El imperio asirio estaba haciéndose cada vez más grande, conquistando cada vez más territorio. Desde el año 840 AC, Jehú, el décimo rey de la casa de Israel, ellos habían pagado impuestos y tributos. En 734 AC, el imperio asirio tomó una parte de la casa de Israel, y 13 años más tarde, tomó a Samaria, la capital. Todo el reino del norte cayó en 722 AC.


Isaías dirige su mensaje a Jerusalem, ya que poco tiempo después de la caída del reino del norte, el imperio asirio dispuso también tomar a Judá. Destruyó 46 ciudades amuralladas y tomó cautivo 200,000 personas. En el año 701 AC, cuando Isaías ya era anciano, hubo una intervención divina para detener al imperio asirio en su ataque para tomar a Jerusalem. Milagrosamente, sus ejércitos (180,000 hombres) fueron derrotados en una sola noche por un ángel del SEÑOR (II Reyes 19:32-36). 


Cien años después de la muerte del profeta Isaías, Jerusalem y el Templo fueron destruidos por Babilonia. La casa de Juda permaneció en cautividad por 70 años.


El SEÑOR llama a dos testigos, los cielos y la tierra, ante la infidelidad de los hijos de Israel (Isaías 1:2; Deuteronomio 30:19). “Al cielo y a la tierra pongo como testigos contra vosotros de que he puesto ante di la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tu descendencia, amando al SEÑOR tu Dios, escuchando su voz y allegándote a Él; porque eso es tu vida y la largura de tus días, para que habites en la tierra que el SEÑOR juró dar a tus padres Abraham, Isaac y Jacob.”


“Oíd, cielos, y escucha tierra, porque el SEÑOR habla: Hijos crie y los hice crecer, más ellos se han rebelado contra mí” (Isaías 1:2). El SEÑOR había criado a sus hijos con la Torá, con la mejor escuela. Sin embargo, eran rebeldes. No hicieron caso a los mandamientos. No defendían al huérfano, ni les importaba la causa de la viuda (Isaías 1:23). Sus gobernantes no practicaban la justicia. Ellos eran compañeros de ladrones, amaban el soborno y corrían tras las dádivas. Su apariencia y palabras erar religiosas, pero sus manos estaban llenas de sangre (Isaías 1:12-15).


El pueblo no tenía entendimiento. El buey conoce a su dueño y el asno sabe dónde está el pesebre de su amo, pero Israel carecía de entendimiento: “nación pecadora, pueblo cargado de iniquidad, generación de malvados, hijos corrompidos”. Habían abandonado al SEÑOR, despreciaron al Santo de Israel (Isaías 1:3-4). Eran idolatras, asesinos, infieles al pacto del SEÑOR.


Jerusalem, la ciudad que había sido fiel, se portó como ramera,  como la sucia Sodoma (Isaías 1:9,21). Azotada por enfermidad de la cabeza hasta la planta de los pies, leprosa y llena de llagas. “Vuestra tierra está desolada, vuestras ciudades quemadas por el fuego, vuestro suelo lo devoran los extraños delante de vosotros, y es una desolación, como destruida por extraños” (Isaías 1:7). 


El profeta Isaías advirtió acerca del exilio de Babilonia y también del galut romano (Isaías 6:9-13). Y no es ninguna coincidencia que ambos desastres ocurrieron el mismo día del año del calendario hebreo. Babilonia destruyó el primer Templo el día 9 de Av en el año 586 AC y el pueblo fue llevado cautivo a Babilonia. Roma destruyó el segundo Templo el día 9 de Av en el año 70 DC, y el pueblo fue esparcido a los 4 confines del mundo.


El SEÑOR extiende una invitación. “Venid ahora, y razonemos. Aunque vuestros pecados sean como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; aunque sean rojos como carmesí, como blanca lana quedarán” (Isaías 1:18).


“Lavaos, limpiaos, quitad la maldad de vuestras obras de delante de mis ojos; cesad de hacer el mal, y aprended a hacer el bien, buscad la justicia, reprended al opresor, defended al huérfano, abogad por la viuda” (Isaías 1:16-17). El perdón, el lavamiento y la sanación están a nuestro alcance por la obra del Siervo, el Santo de Israel que fue herido por nuestras transgresiones y molido por nuestras iniquidades. Derramó su alma hasta la muerte, intercedió por los transgresores (Isaías 53:5,11). 


“Si queréis y obedecéis, comeréis lo mejor de la tierra” (Isaías 1:19). “Todas estas bendiciones vendrán sobre ti y te alcanzarán, si obedeces al SEÑOR tu Dios. Bendito serás en la ciudad, y bendito serás en el campo. Bendito el fruto de tu vientre, el producto de tu suelo, el fruto de tu ganado, el aumento de tus vacas y las crías de tus ovejas. Benditas serán tu canasta y tu artesa. Bendito cuando entres y bendito cuando sales” (Deuteronomio 28:2-6). 


Las bendiciones del SEÑOR nos van alcanzando en la senda de la vida. Es decir, van detrás nuestro y no por delante. No tienen precio, ni están a la venta. No se pueden manipular al antojo nuestro. Más bien, las bendiciones son asunto del Eterno. Sus ojos recorren toda la tierra para bendecir a los que tienen un corazón perfecto para con Él, para mostrarles favor y darles fortaleza (II Crónicas 16:9). El SEÑOR bendice a aquellos que le amen con todo el corazón, alma y fuerzas en su caminar diario. Honra y recompensa el estilo de vida de los que son fieles y obedientes a Él (Deuteronomio 6:5-7). 


El SEÑOR envía sus bendiciones para alcanzar a los que le aman. Hace prosperar la obra de sus manos, multiplica la provisión de su canasta de pan, alumbra y ordena sus pensamientos para que puedan hacer las mejores decisiones en cada área de su vida.


“Si rehusáis y os rebeláis, por la espada seréis devorados” (Isaías 1:20). “A vosotros os esparciré entre las naciones y desenvainaré la espada en pos de vosotros, y vuestra tierra será asolada y vuestras ciudades se quedarán en ruinas (Levítico 26:33).” El pueblo iría a la cautividad por su falta de discernimiento, por su rechazo a la Torá (Isaías 5:13, 24-25).


LA PORCIÓN DE LOS EVANGELIOS, MATEO 24:1-22


Tanto la destrucción del segundo Templo como la segunda venida del Mesías para establecer el reino de los cielos en la tierra son eventos proféticos que sucederían en el marco del exilio romano. Por eso, a veces las Escrituras hablan de ambos acontecimientos en un mismo Capítulo o pasaje. 


La destrucción del segundo Templo en el año 70 DC marcó el inicio del exilio romano a los 4 confines del mundo, y la segunda venida del Mesías señala su final. 


El profeta Daniel nos hace ver que el largo exilio romano (en ese momento frágil por alianzas no sostenibles) llegará a su fin en el momento en que venga la Roca. En ese momento glorioso, el reino mesiánico será establecido sobre toda la tierra (Daniel 2: 45).


Así como hubo persecución y tribulación al inicio del exilio romano, también lo habrá a su final. En Mateo 24, Yeshua advierte acerca de lo que sucederá en año 70 DC y, en el mismo contexto, también nos enseña acerca de los días cercanos a su retorno. Dijo a sus discípulos acerca del segundo Templo: “¿Veis todo esto? En verdad os digo: no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derribada”. 


Se estaba refiriendo a la primera guerra judeo-romana (la Gran Revuelta Judía) que sucedería en los años 66-73 DC: “Pero cuando veáis a Jerusalem rodeada de ejércitos, sabed entonces que su desolación está cerca. Entonces los que estén en Judea, huyan a los montes, y los que estén en medio de la ciudad, aléjense; los que estén en los campos, en entren en ella; porque estos son días de venganza, para que se cumplan todas las cosas que están escritas… y caerán a filo de espada, y serán llevados cautivos a todas las naciones; y Jerusalem será hollada por los gentiles, hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan” (Lucas 21:20-24).


Pero el largo y doloroso exilio romano que ha humillado a Jerusalem por tantos siglos muy pronto tiene que llegar a su fin. Citando Isaías 27:12-13, Yeshua se refiere al kibutz galuyot, es decir, la reunión de los exiliados: “vendrán y adorarán al SEÑOR en el monte santo en Jerusalem”. 

“Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre que viene sobre las nubes del cielo con poder y gran gloria. Y Él enviará a sus ángeles con una gran trompeta y reunirán a sus escogidos de los 4 vientos, desde un extremo de los cielos hasta el otro”. 

Yeshua establecerá su reino eterno. Habitará en medio de su pueblo y no habrá más exilios ni más expulsiones.

 


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Desde la declaración del estado de Israel en 1948, el retorno a la Tierra Prometida ha sido posible



      El retorno a la tierra de Israel

      Aliyá

       La palabra hebrea "aliyá" significa subir y se refiere al retorno de los hijos de Israel a la Tierra Prometida


      ¡El Eterno bendice a los creyentes de las naciones que aman las Escrituras y su plan de la restauración de Israel!

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