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Tazria (concebido) y Metzora (infectado)

  LA PORCIÓN DE LA TORÁ, LEVÍTICO 12:1 – 15:33 La purificación de la mujer después de dar a luz y las leyes acerca de la lepra


 LA PORCIÓN DE LOS PROFETAS, II REYES 4:42-5:19 Naamán fue sanado de la lepra en las aguas del río Jordán: nació de nuevo, su piel quedó como la de un bebé 


LA PORCIÓN DE LOS EVANGELIOS, MARCOS 5:25-34; JUAN 3:1-21 La sanación de la mujer con la aflicción del flujo de sangre y el encuentro de Nicodemo con Yeshua (el nuevo nacimiento)

 
 

Esta semana toca estudiar la doble porción Tazriaj (concebido) y Metzora (infectado), Levítico 12:1-15:33. Contiene las instrucciones para la purificación de la mujer después del parto, y también las leyes acerca de la lepra. Por este medio, el SEÑOR nos hace ver nuestra necesidad humana del nuevo nacimiento. Nosotros tenemos la necesidad y Él tiene el hisopo. Es decir, tiene el deseo, la voluntad y el poder para purificarnos.


El rey David escribe: “He aquí, yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre. He aquí, tu deseas la verdad en lo más íntimo, y en lo secreto me harás conocer sabiduría. Purifícame con hisopo, y seré limpio; lávame y seré más blanco que la nieve” (Salmo 51:5-7). 


A través de todas las Escrituras hay un enlace fuerte e inquebrantable que empalma en un hisopo las instrucciones bíblicas para la purificación. Todo está entretejido en el plan de redención. Es la provisión de Dios para nuestra purificación. Nos permite “nacer de nuevo” por medio de la fe y asi participar en el reino de los cielos. 


El hisopo que menciona el salmista resalta cómo el cordón escarlata que amarró Rahab a su ventana aquel día en la muralla de Jericó, cuando se preparó y esperó la salvación para ella y su familia. 


El apóstol Pablo lo explica claramente en Romanos 5:12-21. Nos dice que por la transgresión de un hombre (Adán) “murieron los muchos”, pero por la obediencia de UNO (Yeshua el Mesías) muchos serán justificados (vivificados). Nuestra identidad puede estar en Adán o bien, en el Mesías. Si nuestra identidad está en el Mesías, significa vida eterna. Para poder adquirir la identidad en Mesías y participar en el reino de los cielos, debemos “nacer de nuevo” ya que nuestra realidad humana es “leprosa”. 


En Levítico 12, el SEÑOR instruye a Moisés acerca de los días de aislamiento postparto de la madre y su purificación. Al cumplir sus días por hijo o por hija, ella debía traer al sacerdote a la puerta del Tabernáculo un cordero de un año para holocausto (olá), y un palomino o una tórtola para expiación (jatat). 


El sacerdote “los ofrecerá delante del SEÑOR, y hará expiación por ella, y será limpia del flujo de su sangre” (Levítico 12:1-7). 


Instruye el SEÑOR en Levítico 12:1-4: “Habla a los hijos de Israel y diles: La mujer cuando conciba y dé a luz varón, será impura 7 días; conforme a los días de su menstruación será impura. Y al octavo día se circuncidará al niño. Mas ella permanecerá 33 días purificándose de su sangre; ninguna cosa santa tocará, ni vendrá al santuario, hasta cuando sean cumplidos los días de su purificación. Y si diere a luz hija, será impura 2 semanas”. 


La suma de los días de aislamiento asignados a la madre para el nacimiento de una niña era doble de la que correspondía a un varón. Al hijo varón se le realizaba la circuncisión al octavo día, señalando de esta manera su “nuevo inicio”, su herencia bendita por su cercanía a los pactos de la promesa. 


Una mujer no peca por dar a luz, pero debía traer una ofrenda jatat para poder realizar su purificación. La pérdida de sangre (en este caso, post parto) siempre se relaciona con la muerte y hacia impuro. Una persona en el estado de impureza (tamé) no podía entrar en el Tabernáculo. 


La impureza era por contacto con la muerte: un cadáver, flujo de sangre o semen del cuerpo humano, la lepra, carnes prohibidas, objetos expuestos al contacto de personas o animales impuros, lugares entregados a la maldad, la opresión y la idolatría. 


Había dos estados de impureza. La impureza de un día (impureza menor): tuma erev, “hasta la tarde”. La persona era impura por un solo día. Para la purificación, había que lavar el cuerpo y la ropa y esperar hasta la tarde. La impureza de 7 días (impureza mayor): tuma shiva, la impureza más severa. Para su momento de purificación, el individuo debía esperar 7 días. 


El que entraba al Tabernáculo tenía la responsabilidad de reconocer si había tenido contacto con la muerte y luego tomar la acción necesaria para purificarse. Muchas veces, el estado de impureza tiene razones involuntarias (por ejemplo, en el caso del flujo del cuerpo humano). Se trata simplemente nuestra realidad humana. 


Esto nos comunica una verdad espiritual muy profunda, porque nos está diciendo que fuera de control nuestro, la muerte mora en nosotros. Nuestros cuerpos producen corrupción y muerte y no existe en nosotros la capacidad de cambiar o controlar esa realidad (Romanos 7:14-18). Lo único que podemos hacer es acudir al sacrificio provisto y sumergirnos en la fuente de aguas vivas. 


El SEÑOR no prohíbe el estado de impureza, más bien da las instrucciones para que su pueblo se purificara, para poder acercarse al Tabernáculo. La responsabilidad del sacerdote era estar atento y discernir, debía ayudar al pueblo a realizar sus purificaciones. 


La muerte es la paga del pecado y nos separa del SEÑOR. Para poder ser considerado puro (alejado de la muerte), el individuo impuro debía presentar los sacrificios requeridos y lavarse en una fuente de aguas vivas. 


El SEÑOR es el Autor de la vida. Está totalmente alejado de la muerte. El propósito del plan de redención representado en el Tabernáculo es impartirnos VIDA. 


Existimos en un mundo que está totalmente obsesionado y entretenido con la muerte y con el derramamiento de sangre. No tenemos ni idea de cuánto ama el SEÑOR la vida, cuán santa y preciosa es para Él. Estamos muy acostumbrados a acercarnos a la muerte y a menospreciar la vida. No conocemos la santidad del Eterno. No tenemos concepto alguno de cuán destituidos, cuán lejos y separados estamos de su gloria.


Vencidos por actitudes equivocadas y depresivas, algunos hasta disponen quitarse su propia vida. Hoy existe apoyo legal y médico para la eutanasia. Además, es algo muy común asesinar a los bebés aún dentro del vientre de su madre. 


El estudio de la Torá debe renovar nuestro entendimiento e infundir en nuestros corazones un nuevo respeto por la vida y por el Autor de la vida, el Santo de Israel. 


Las mujeres hebreas acuden a las aguas de purificación después de su flujo menstrual: “El período menstrual representa literalmente una vida que no dio fruto, se perdió el potencial de una vida. A partir del día en que la mujer termina su flujo menstrual, se cuentan 7 días de separación (es decir, sin tener intimidad con su esposo). Estos días son como un período de luto por el niño que no nació. Al finalizar los 7 días de purificación, la mujer se sumerge en aguas vivas. Cuando emerge de la mikvá, se une nuevamente con su marido, en una nueva oportunidad de crear una vida. 


Las leyes de nidá (separación, alejamiento) son de beneficio para la pareja. La separación de los esposos durante el período de nidut no permite que la relación matrimonial se convierta en algo habitual o rutinario. El marido siempre contempla a su esposa con cariño, como un recién casado que entró bajo la jupá. (Página 110, El Midrash Dice, El Libro de Vaikrá, por Rabino Moshe Weissman)


La inmersión dentro de agua viva se hacía al descender dentro de una poza alimentada naturalmente o en cualquiera otra clase de cuerpo acuífero como un río o un lago y sumergirse la persona totalmente por debajo de la superficie. 


“La Torá liga todo acto de purificación al elemento agua. Es imposible para cualquiera que haya contraído una impureza ritual purificarse sino es por medio del agua. Sumergirse en este baño simboliza volver al estado de pureza original, tal como era al principio de la creación y como atestigua la Torá en Génesis 1:2: Y el Espíritu divino se movía sobre la superficie de las aguas.” (Página 255, La Voz de la Torá, Comentario de Levítico, Rabino E. Munk)


La palabra hebrea que denomina dicho cuerpo acuífero es mikvá. El efecto de sumergirse en un baño es la purificación y simboliza el renacimiento. 


En Levítico 13-15, Moisés y Aarón reciben instrucciones acerca del trabajo de los sacerdotes en cuanto a la detección de la lepra: la detección de manchas en la piel, el aislamiento requerido, la determinación de la sanación de las manchas y los actos de la purificación que correspondían. 


El SEÑOR instruye a los sacerdotes acerca de su responsabilidad con respecto a la lepra. Se repite la frase “el sacerdote examinará”, porque su responsabilidad solemne era discernir. En el caso de alguna aflicción de la piel, había que esperar para saber la respuesta. El sacerdote mandaba al individuo al aislamiento y tomaba una decisión al octavo día. En ocasiones, debía extender el período por una semana más. 


La condición leprosa descrita en Levítico provocaba el deterioro de la piel en forma de parches blancos. La muerte se hacía presente como manchas blancas en la piel. La responsabilidad de los sacerdotes era la de discernir la lepra, y si las llagas que mostraba la persona confirmaban lepra, entonces la persona infectada debía rasgar su ropa en señal de luto, descubrirse la cabeza y anunciar su impureza. Mientras tenía llagas debía permanecer en aislamiento, solo y fuera del campamento (Levítico 13:45-46). Dejaba crecer su cabello y se cubría la boca. 


Su manifestación de lamento y luto era por sí mismo, porque el hecho de ser cortado de la congregación simboliza la muerte. Comenta el Dr. Hertz: “Las costumbres del leproso son las mismas que las del que está de luto. Él debía considerarse como alguien en quien la muerte había puesto su mano. Realmente él vivía en muerte, no sólo en lo físico, puesto que sufría de una enfermedad detestable y prolongada; sino realmente en el sentido espiritual, como quien está separado, cortado, de la vida comunitaria de Israel. Mientras durara su lepra, a él se le tomaba como muerto; cuando se recuperaba tenía que ser formalmente dedicado al servicio de Dios, como un israelita.”


Si el sacerdote observaba que las llagas leprosas se habían sanado, había que llevar a cabo la purificación. Tenía que traer al sacerdote dos pajarillos, madera de cedro, tela roja e hisopo. 

Uno de los pajarillos era sacrificado sobre una olla de barro donde hubiera agua de manantial. Luego el sacerdote tomaba el pajarillo vivo, la madera de cedro, el cordón escarlata y el hisopo, y mojaba todos estos elementos con la sangre del pajarillo muerto. El sacerdote luego rociaba el individuo 7 veces con la sangre del pajarillo sacrificado y lo declaraba puro. Al pajarillo vivo lo soltaba para que volara lejos. 


La ceremonia de purificación de la lepra tiene paralelos importantes con lo que se hacía el día de Expiación (Yom Kipur). Como estudiaremos en la siguiente semana, Yom Kipur es la purificación de toda una nación de “leprosos”. El pajarillo vivo que vuela es como el macho cabrío de la remoción. “Como está lejos el oriente del occidente, así se alejaron de nosotros nuestras transgresiones. Como un padre se compadece de sus hijos, así se compadece el SEÑOR de los que le temen” (Salmo 103:12-13). 


Habiendo sido declarado puro, la persona debía lavar su ropa, su cuerpo y también, afeitarse todo el cuerpo. Después podía entrar en el campamento, aunque durante 7 días debía vivir al aire libre. Al séptimo día debía rapar completamente su cabeza, afeitarse la barba, hasta las cejas y todo el vello, lavar sus ropas y su cuerpo. 


Al octavo día debía tomar dos corderos sin defecto, seis kilos y medio de la mejor harina para una ofrenda de cereal amasada con aceite, y la tercera parte de un litro de aceite. El sacerdote que realizaba la purificación debía ubicarse con sus pertenencias a la entrada del Tabernáculo, ante la presencia del SEÑOR. Luego, debía echar un poco de aceite en la palma de la mano izquierda, mojar su dedo derecho en el aceite y rociarlo 7 veces ante el SEÑOR. Debía untarle en la parte inferior de la oreja derecha, en el pulgar de la mano derecha, en el dedo gordo del pie derecho y sobre su cabeza. Debía entregar una ofrenda por el pecado (jatat) y otra como holocausto (olá). Así se hacía expiación y se concedía el perdón por el pecado.


La lepra podía aparecer en el cuerpo, pero también en las casas (Levítico 14:33-53). Algunos estudiosos de la Torá opinan que la lepra en una casa era el castigo por el pecado de la avaricia de su dueño, ya que el proceso de la purificación requería sacar todas las pertenecías de la casa y los vecinos podrían observar cuántas cosas había acumulado. 


El Talmud se refiere a 7 transgresiones que pueden resultar en lepra: el hablar mal de las personas, el asesinato, la inmoralidad, el falso juramento, la arrogancia, el robo y la avaricia.

Otros estudiosos opinan que se refiere a la plaga de lepra enviada por el SEÑOR sobre las casas que escondían abominaciones cometidas por los habitantes, particularmente el secuestro, el asesinato y actos de brujería y crueldad (Salmo 5:6; 9:6; 69:25; Proverbios 14:11; 15:25).


Si los habitantes observaban algo mal en su vivienda, debían consultar al sacerdote: “Me parece que hay una plaga en mi casa”. Luego había que desocupar la casa y el sacerdote tenía que entrar para examinarla. Si notara que las paredes presentaban manchas profundas de color verdoso o rojizo hundidas en la pared, debía ordenar cerrar la casa durante 7 días. El séptimo día debía volver a examinar la casa y dar órdenes de que se quitaran las piedras que tuvieran manchas y arrojarlas en un lugar impuro fuera de la ciudad. 


Debían raspar todo el interior de la casa y arrojar el polvo raspado en un lugar impuro fuera de la ciudad. Debían reemplazar las piedras quitadas con otras y usar barro nuevo para recubrir la casa. Si la plaga volvía a aparecer en la casa después de hacer todo esto, el sacerdote debía entrar a examinar la casa una vez más. 


Si la plaga se había extendido por la casa, se trataba de lepra maligna y no había más remedio que derribarla. Tenían que llevar los escombros a un lugar impuro fuera de la ciudad. Cualquiera que entraba en esa casa durante el tiempo en que el sacerdote había ordenado mantenerla cerrada, era considerado impuro hasta el anochecer. Cualquiera que comía o dormía en esa casa, debía lavar su ropa. 


Si el sacerdote, al examinar nuevamente la casa, notaba que la plaga no se había extendido después de haber sido recubierta, debía declarar la casa pura, porque la plaga había terminado. Para purificar la casa, debía tomar dos pajarillos, madera de cedro, cordón escarlata e hisopo. Mataba uno de los pajarillos sobre una olla de barro con agua de manantial. Luego tomaba el cedro, el hisopo, la tela roja y el pajarillo vivo, y los mojaría con la sangre del pajarillo muerto y con el agua de manantial, y rociaba la casa 7 veces. Así se purificaba la casa con la sangre del pajarillo y el agua de manantial, y con el pajarillo vivo, el cedro, el hisopo y el cordón escarlata. Debía dejar en libertad al pajarillo vivo en las afueras de la ciudad. Así cumplía con lo requerido para la purificación de la casa infectada con la plaga de lepra. 


La lepra que se describe en las Escrituras denota una condición espiritual. Ya que relacionan la lepra con la calumnia (por la experiencia de Miriam) cuando ella y Aarón hablaron contra Moisés, los rabinos consideran que era el juicio divino por la calumnia o difamación (lashon hará, “lengua malvada”). 


El SEÑOR oyó lo que dijeron y se encendió su ira contra ellos. Cuando la nube se retiró de sobre la tienda, Miriam quedó leprosa, blanca como la nieve (Números 12:1-16). Es decir, el calumniador era moralmente leproso, castigado por el SEÑOR y cortado del campamento de Israel. Aarón intercedió por Miriam y dijo que la lepra era la muerte. Dijo: “No permitas que ella sea como quien nace muerto” (Números 12:12). 


“¿Por qué es el pecado de lashón hará tan severo que debe ser castigado con la enfermedad de tzaraat en su manifestación más extrema? El que habla mal de su prójimo transgrede toda la Torá y niega al Todopoderoso. Todos los libros de la Torá abogan por jesed (compasión) hacia el prójimo. Difamar a otros es tomar el camino opuesto y desafiar los principios de la Torá. (Página 140, El Midrash Dice, El Libro de Vaikrá, por Rabino Moshe Weissman)


 Ante los ojos del SEÑOR, es grave la ofensa de hablar mal del prójimo. El hombre malo, del mal tesoro de su corazón habla cosas malas. En el día de juicio, el hombre entregará cuentas al SEÑOR por toda la palabra vana que habló. “Por tus palabras serás justificado y por tus palabras serás condenado.” Lo que hablamos revela lo que está en nuestros corazones, da a conocer la realidad de nuestra condición espiritual (Mateo 12:33-37).


“Muerte y vida están en poder de la lengua” (Proverbios 18:21). “No salga de vuestra boca ninguna palabra corrompida, sino sólo la que sea buena para edificación… para que imparta gracia a los que escucha.” 


Cuando hablamos mal de otros entristecemos al Espíritu de santidad (Efesios 4:29-30). Así como el caballo, la lengua también necesita freno, o estar bajo dominio propio. Como el barco se dirige en el mar por medio de un pequeño timón, la pequeña lengua conduce la vida de cada persona. A pesar de ser tan pequeña, se jacta de grandes cosas. Es un pequeño fuego que es capaz de consumir un gran bosque. El hecho de hablar mal del prójimo causa división y destruye vidas (Santiago 3:2-12). Causa daño irreparable.


Se puede decir que, ante los ojos del SEÑOR, la lepra es la condición espiritual de toda la humanidad. No hay ni un justo, no hay quien entienda. Nadie busque a Dios. 


Describiendo a toda la humanidad, el SEÑOR afirma que: “sepulcro abierto es su garganta, engañan de continuo con su lengua, veneno de serpientes hay bajo sus labios, llena está su boca de maldición y amargura” (Romanos 3:9-19). La hipocresía de los religiosos era como “sepulcros blanqueados”, se miraban bien por fuera, pero por dentro son llenos de corrupción y muerte (Mateo 23:27-32). 


Entre las tres señales que el SEÑOR le dio a Moisés cuando iba de regreso a Egipto, estaba la curación de la lepra (Éxodo 4:1-9). Simbolizando la muerte que mora en nuestros corazones, Moisés metió su mano en su seno y salió llena de lepra. Luego volvió a meter su mano y salió sana, limpia. Por medio de esta señal, el SEÑOR nos revela que su redención es poderosa. Además de librarnos del Faraón (el Adversario de nuestras almas), la redención también nos libra de la muerte que mora EN nuestros corazones.


Ya que la muerte mora en nosotros ¿cómo es posible alejarnos de ella? “¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de la muerte?” El apóstol Pablo alaba al SEÑOR y contesta: “Gracias a Dios por Yeshua el Mesías, SEÑOR nuestro” (Romanos 7:24-25). 


Si oímos su palabra y creemos que el SEÑOR envió al Mesías Yeshua, tenemos vida eterna y no seremos condenados: hemos pasado de muerte a vida. El Mesías prometido abolió la muerte y sacó a la luz la vida y la inmortalidad (Juan 5:24 y II Timoteo 1:10). Por medio de la muerte, venció la muerte.


La muerte es la paga del pecado y nos separa, nos aleja del SEÑOR. Para poder ser considerado puro (alejado de la muerte), el individuo impuro debía presentar los sacrificios requeridos y lavarse en una fuente de aguas vivas. El SEÑOR es el Autor de la vida. Está totalmente alejado de la muerte. 


El propósito del plan de redención representado en el Tabernáculo es impartirnos VIDA. No tiene comunión ni compatibilidad con la muerte.


 LA PORCIÓN DE LOS PROFETAS, II REYES 4:42-5:19; 7:3-20


El profeta Eliseo empezó su ministerio al final del reinado de Acab. Sirvió al pueblo de Israel y continuó durante los reinados de Joram, Jehú y Joas. Eliseo enseñaba la Torá y convocaba al pueblo al arrepentimiento. Eran tiempos muy difíciles por la sequía y la escasez de alimentos. 


Los reyes de la casa de Israel eran idólatras y malvados. A pesar de muchas advertencias, endurecieron sus corazones. Rehusaban abandonar sus malos caminos y volverse al SEÑOR.  

Eliseo enseñaba la Torá a un grupo de jóvenes. Un día ellos tenían mucha hambre y no había nada qué comer. “Haz un guiso para que cenen estos hombres”, Eliseo le dijo a su siervo, Giezi. 


Uno de los estudiantes fue al campo a buscar algo para echar en el guiso. Encontró algunas calabazas silvestres. Sin saber que eran venenosas, las partió y las puso en el guiso. Al rato dijeron: “¡Señor, el guiso de la olla es venenoso!” Eliseo dijo: “Tráigame un poco de harina.” La puso en la olla y les dijo: “Ahora todo está bien. Sigan comiendo.” 


Otro día un hombre de Baalsalisa le llevó a Eliseo una bolsa con 20 panes de cebada hechos con los primeros granos de la cosecha. Eliseo le dijo a su siervo que se los diera a los jóvenes estudiantes para que comieran. “¿Qué?” protestó Giezi. “¿Darle de comer a 100 hombres con sólo esto?” “Si, hazlo, porque el SEÑOR dice que habrá suficiente para todos, y que aun sobrará”, dijo Eliseo. Y sucedió así, alcanzó para todos y sobró. 


Los sirios habían invadido Israel en varias ocasiones y habían llevado cautivos. Entre ellos una niña muy especial, con una gran fe en el Dios de Israel. Ella trabajaba como sierva en la casa de Naamán, el comandante en jefe del ejército de Siria. 


Naamán era un hombre exitoso, héroe de guerra. Era valiente y muy admirado por el rey de Siria. Pero Naamán tenía un problema de salud muy serio: padecía de lepra. 


Un día la niña comentó a la esposa de Naamán: “Me gustaría que mi amo fuera a ver al profeta en Samaria, sé que él lo sanaría de la lepra.”  Sus palabras sinceras y inocentes soltaron toda una cadena de acción. Naamán lo comentó al rey de Siria y el rey le dijo: “Vé y visita al profeta.” 

Entonces el rey de Siria preparó una carta para el rey de Israel que decía: “El hombre que lleva esta carta es mi siervo, Naamán. Quiero que lo sanes de la lepra.”


Cuando el rey de Israel leyó la carta tuvo mucho miedo. Él no tenía fe como la niña. Tampoco se le ocurrió que había un profeta de Dios en Israel que él podía consultar. Dijo: “Este hombre me manda a un leproso para que lo sane. ¿Acaso soy Dios que pueda matar y dar la vida? Sólo está buscando un pretexto para invadirnos nuevamente.” 


Eliseo oyó lo que ocurría y envió un mensaje al rey de Israel: “¿Por qué estás tan confundido? Envíame a Naamán, y él sabrá que existe profeta de Dios en Israel.” 


Entonces Naamán preparó regalos como paga para el profeta que iba a visitar: oro, plata y ropa. Llegó con sus caballos y carros y se paró a la puerta de la casa de Eliseo. Pero Eliseo no atendió la puerta, mandó a su siervo con un mensaje.


Le mandó a decir que fuera a lavarse 7 veces en el río Jordán y que así se sanaría de su lepra. Entonces Naamán se enojó mucho. “¿Qué les parece? Yo pensaba que por lo menos saldría y me hablaría. Pensé que levantaría la mano sobre la lepra, invocaría el nombre del SEÑOR su Dios y me sanaría. Los ríos Abana y Fafar de Damasco son mucho mejores que todos los ríos de Israel juntos. Si de ríos se trata, yo me lavaré en mi país y me libraré de mi lepra” (II Reyes 5:11-12). 

Pero, sus siervos por fin lograron convencerle: “¿Si el profeta le hubiera pedido que hiciera algo extraordinario, no lo habría hecho? Debiera obedecerle mucho más, si lo único que le ha dicho es que vaya se le lave y quedará curado.” 


Entonces Naamán fue al río Jordán, se sumergió 7 veces como Eliseo había dicho. ¡Su piel quedó tan nueva y perfecta como la de un bebé! Literalmente, Naamán nació de nuevo. 

Inmediatamente fue a buscar a Eliseo y le dijo humildemente: “¡Ahora sé que no hay Dios en todo el mundo sino el de Israel!” Eliseo no recibió sus regalos. 


Naamán sintió en su corazón una fuerte conexión con Israel, y le pidió a Eliseo que le diera permiso para llevar dos cargas de tierra de regreso con él a su país. También le explicó, que, por su trabajo, él tendría que acompañar al rey de Siria al templo del dios Rimón, y que deseaba que el SEÑOR le perdonara por eso. 


Lleno de paz y gratitud por su encuentro sanador con el Dios de Israel, Naamán se fue de regreso a su país. Pero Giezi, el siervo de Eliseo, aún tenía un asunto pendiente. Él sí quería la paga que Naamán había ofrecido a Eliseo: “Yo lo alcanzaré y le pediré algo.” “¿Está todo bien?” le preguntó Naamán, sorprendido por la pronta llegada de Giezi. Mintiéndole le respondió Giezi: “Mi amo (Eliseo) me ha enviado a decirte que dos jóvenes del monte de Efraín acaban de llegar y le gustaría tener 36 kilos de plata y dos mudas de ropa para ellos.” 


Naamán le dio 62 kilos de plata y envío dos siervos para ayudarle con la carga. Cuando llegaron al monte donde Eliseo vivía, Giezi tomó las bolsas de dinero y las escondió en su casa. Mandó a los siervos de regreso a Naamán. 


“¿Dónde has estado, Giezi?” Le preguntó Eliseo. “En ninguna parte”, le respondió su siervo. “Por cuanto has hecho esto, la lepra de Naamán caerá sobre ti, sobre tus hijos, y sobre los hijos de tus hijos para siempre.” Giezi salió de la habitación, con su piel tan blanca de lepra como la nieve. 


Así como nos lo revela la historia de Naamán, una gran parte de nuestro problema humano es el orgullo. Nos estorba demasiado y nos aleja del SEÑOR. Nos estorba y no nos permite nacer de nuevo. 


Naamán quería un remedio más presuntuoso que alimentara su vanidad. Pero no fue sanado hasta que se humilló y obedeció las palabras sencillas del profeta del Dios de Israel. En ese momento encontró su nuevo nacimiento en las aguas del Jordan. 


Los ríos de Israel (la Torá) son los que ofrecen vida a todo aquel que se humille y se sumerja en ellos. “Cuando la humanidad trata de limpiarse de la lepra moral, sólo puede obtener esa deseada curación en el Jordán; sólo la halla en los ríos de inspiración y enseñanza de la Torá. En las crisis de la vida, sean individuales o de la humanidad entera, no volvemos nuestros ojos hacia las Vedas o a Homero y ni tampoco a Dante o Goethe. Nuestra mirada se dirige a los salmos.” (Página 468, The Torah and Haftorahs, Dr. Hertz) 


Naamán no era israelita; era sirio. Sin embargo, su vida cambió por las palabras de fe de una niña hebrea. Él buscó y encontró la salvación en el Dios de Israel. Se sumergió en las aguas vivas de la Torá y nació de nuevo. 


Joram fue el rey de la casa de Israel del año 851-842 AC. Él era el segundo hijo de Acab y Jezabel. Siguiendo el ejemplo que recibió de sus padres malvados, Joram era un hombre incrédulo, hipócrita, cobarde e idólatra. Durante su reinado, Ben-adad, rey de Siria, reunió a todo su ejército y sitió a Samaria. 


La hambruna impuesta por el sitio era muy severa y no había nada que comer. La cabeza de un asno se vendía por 1 kilo de plata. Si lo lograban conseguir, la gente comía estiércol de paloma. Estaban dispuestos a pagar hasta 60 gramos de plata por un tercio de litro de estiércol.

Un día durante el sitio el rey Joram caminaba sobre el muro de la ciudad y una mujer desesperada le gritó: “¡Auxilio, señor mío, mi rey!” 


Joram despreció a la pobre mujer le respondió en burla y sarcasmo: “Si el SEÑOR no te ayuda ¿cómo te ayudo, de la era o del lagar? ¿Cuál es el problema?” 


La mujer respondió al rey Joram desde su horrenda realidad: “Esta mujer me propuso que nos comiéramos a mi hijo un día y al suyo al día siguiente. Cocinamos a mi hijo y nos lo comimos, pero al día siguiente cuando le dije que ahora correspondía que comiéramos el suyo, ella lo escondió.”


¡El pueblo había sucumbido al canibalismo! Joram culpó a Dios por la situación y juró matar a su profeta, Eliseo: “¡Que Dios me mate si no hago ejecutar a Eliseo este mismo día!” Dijo: “Este mal viene del SEÑOR, por qué he de esperar ayuda de Él.” 


El rey envió su mensajero para arrestar a Eliseo y siguió tras él. Llegaron a su puerta, y él los recibió con esta palabra profética: “El SEÑOR ha dicho que mañana a esta hora, 8 litros de harina fina y el doble de cebada serán vendidos en el mercado de Samaria por 12 gramos de plata.”

El oficial del rey en cuyo brazo se apoyaba el rey Joram, le respondió a Eliseo: “Mira, aunque el SEÑOR hiciera ventanas en los cielos ¿podría suceder tal cosa?” Entonces el profeta Eliseo le informó con otra palabra profética diciendo: “He aquí, tú lo verás con tus propios ojos, pero no comerás de ello.”


Había cuatro leprosos sentados fuera del muro de Samaria. Ellos solían alimentarse de los restos de comida y de los desechos que tiraba gente. Pero, por la hambruna tan severa, no había ni siquiera algún desecho qué comer.


Los leprosos razonaron: “¿Qué hacemos aquí sentados? Si nos quedamos aquí nos moriremos de hambre y si entramos en la ciudad también nos moriremos de hambre. Debemos rendirnos al ejército sirio. Si nos dejan vivir, bien; pero si nos matan, de todos modos, aquí vamos a morir” (II Reyes 7:3-4). 


Entonces, aquella tarde se animaron y se atrevieron a ir al campamento de los sirios. ¡No había nadie allí! Los sirios habían abandonado el lugar durante la noche, porque el SEÑOR les había hecho escuchar el sonido de muchos carros corriendo a una gran velocidad y el estruendo del galope de caballos. 


Los sirios pensaron que un gran ejército se acercaba a ellos. Se llenaron de pánico y dijeron: “¡El rey de Israel ha pagado a los heteos y a los egipcios, para que nos ataquen!” Espantados, huyeron a prisa y abandonaron allí todas sus pertenencias: sus tiendas, caballos, burros y todo lo demás que tenían.


Los cuatro leprosos entraron al campamento que había sido abandonado y comieron un gran banquete como jamás en su vida habían disfrutado. Finalmente, saciados, dijeron: “No es correcto lo que estamos haciendo. Esta es una noticia maravillosa, y debemos darla a conocer. Vamos, regresemos y avisemos a la gente del palacio.” 


Cuando llegó la noticia al rey Joram que los sirios habían abandonado su campamiento, dijo a sus oficiales: “Yo sé lo que ha ocurrido: como los sirios saben que tenemos hambre, han abandonado el campamento y se han escondido en los campos. Piensan que somos tan necios que saldremos de la ciudad. Cuando salgamos nos atacarán, nos harán esclavos y tomarán la ciudad.” 


Pero sus oficiales le convencieron a que debía averiguar si era cierto que los sirios habían abandonado el lugar. Cuando confirmaron que era cierto, entonces todo el pueblo hambriento salió corriendo y se sació con las provisiones que encontraron. 


Se cumplió lo que el profeta Eliseo había declarado: 8 kilos de harina fina o el doble de cebada se vendía por 12 gramos de plata.


El rey Joram había ordenado a su oficial a controlar el paso de la gente por la puerta de la ciudad. Era el mismo hombre que le había dicho a Eliseo: “Eso no podrá ocurrir, ni, aunque el SEÑOR abra las ventanas de los cielos”. El oficial fue golpeado y pisoteado en la puerta. Vio la comida, pero ya no comió nada, sucedió exactamente como le había profetizado Eliseo. El oficial murió ese día.


En cuanto al rey Joram, su comandante Jehú lo mató en la heredad de Nabot. Jehú también mató a su madre, Jezabel…fue lanzada de una ventana y devorada por perros. Ninguno de los dos recibió sepultura en Samaria. 


Los cuatro leprosos sentados fuera del muro de Samaria representan a toda la humanidad de los 4 confines de la tierra. Así como en ellos, la muerte mora en todos. Parece no haber más que muerte por detrás y por delante. Muerte y más muerte. No hay nada sano de la planta del pie a la cabeza, solamente llagas podridas (Isaías 1:6). 


Esa condición enferma, leprosa, describe a toda la humanidad. Nuestra salvación depende del SEÑOR, urge que abra las ventanas del cielo y nos envié el pan de vida (Salmo 78:23-25). 

¡Y así lo hizo! Él abrió las ventanas del cielo y nos envió su Siervo, el pan de vida (Juan 6:51).


El Siervo que fue enviado tomó sobre sí mismo nuestra lepra. Atado al madero, el Santo de Israel padeció fuera del campamiento, toda nuestra impureza fue puesta sobre Él: “le tuvimos por azotado, por herido de Dios y afligido” (Isaías 53:4; Hebreos 13:12-13; Mateo 27:46). “Por sus llagas hemos sido sanados” (Isaías 53:5).


Así como los leprosos de Samaria, sin merecerlo hemos encontrado un gran banquete. Ahora solamente nos queda ir a compartir las buenas nuevas de salvación al pueblo que aún no saben: “¡Venid, comprad vino y lecho sin dinero y sin costo alguno! Todos los sedientos, venid a las aguas; y los que no tenéis dinero, venid, comprad y comed” (Isaías 55:1). La invitación es generosa y sencilla. Está siempre abierta y vigente, para toda la humanidad.


Inspirada por esta porción de los profetas, Rachel Bluwstein, conocida en Israel como “Rachel, la Poetisa”, escribió un poema que refleja la actitud del rey Joram ante el reporte de los 4 leprosos, que se traduce en castellano así: 

  

Por largo tiempo, sitió Samaria

El terrible enemigo

Y allí cuatro leprosos

Trajeron noticias de libertad

Samaria sitiada, la tierra toda

La hambruna azotó

Pero, noticias de libertad no quiero

Si de la boca de leprosos vienen

El puro buenas nuevas traerá

El puro redimirá

Y, si así no fuera, prefiero morir

Antes que oír lo que los leprosos dirán

  

LA PORCIÓN DE LOS EVANGELIOS, MARCOS 5:25-34; JUAN 3:1-21


Una mujer padecía de un constante flujo de sangre. Pasaban los días, meses y años y no mejoraba. Estaba desesperada y exhausta, emocional y físicamente débil y totalmente agotada de sus fuerzas. Había padecido el mal por 12 años. Gastó todos sus recursos en médicos, pero ninguno la había podido curar. Las aflicciones emocionales y espirituales también pesaban en su corazón, porque siempre tenía que asumir un estado de impureza. Su situación era muy opresor, deprimente y humillante. 


Ella había oído que Yeshua sanaba. Creyó en Él y anhelaba un encuentro con Él. Dijo en su corazón: “Si tan sólo toco su manto, sanaré.” Siendo impura, ella no debía tocar nada de nadie. Pero ella sabía que Yeshua era el Santo de Israel, puro y diferente. Ella sabía que Él sí la podía purificar de esa muerte que moraba en ella.


Había mucha gente y era difícil acercarse, pero por fin lo logró. Se acercó por detrás y simplemente tocó el borde de su manto. ¡Al instante, fue sanada, sintió que su flujo cesó! Luego siguió su camino en silencio. 


Pero el Mesías se detuvo y preguntó quién le había tocado porque "mi di cuenta que de mi había salido poder". Entonces ella regresó y se postró delante de Él. Testificó en presencia de todos lo que le había sucedido (Lucas 8:43-48; Mateo 9:20-22).


Cuando Yeshua sanó a esta mujer sintió que “poder salió de Él” (Lucas 8:46). ¡Él entregó todas sus fuerzas para nuestra purificación! “Soy derramado como agua, y todos mis huesos están descoyuntados, mi corazón es como cera; se derrite en medio de mis entrañas. Como un tiesto se ha secado mi vigor, y la lengua se me pega al paladar, y me hasta puesto en el polvo de la muerte… me horadaron las manos y los pies, puedo contar todos mis huesos, ellos me miran, me observan; reparten mis vestidos entre sí, y sobre mi ropa echan suertes…” (Salmo 22:11-18)


Su obra para nuestra purificación exigió todas sus fuerzas. Fue totalmente eficaz y perfecta. “Porque si la sangre de los machos cabríos y de los toros, y la ceniza de la becerra esparcida sobre los que se han contaminado santifican para la purificación de la carne ¿cuánto más la sangre del Mesías, el cual por el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará vuestra conciencia de obras muertas para servir al Dios vivo? (Hebreos 9:13-14; Efesios 5:26-27)


¿Cómo se hace para nacer de nuevo? Un hombre llamado Nicodemo preguntó lo mismo a Yeshua y Él le respondió. Nicodemo era maestro de la Torá y prominente entre los judíos (Juan 3:1). Estaba convencido por las señales que había visto que Yeshua era el Mesías prometido, pero temía a las burlas y persecución de sus compañeros. Lo buscó de noche para hablarle.


Para explicarle a Nicodemo acerca del nuevo nacimiento, Yeshua se refiere a varios pasajes de la Torá y del Tanaj. No cabe duda de que estas Escrituras eran conocidas, estudiadas y enseñadas por el maestro de la Torá, pero ahora, por su encuentro con Yeshua, las pudo apreciar mucho más, a la luz de su esplendor: Eclesiastés 11:5; Proverbios 30:4; Deuteronomio 30:11-14; Génesis 28:12; Números 21:9; Isaías 9:2; 42:6; 49:6.


Primero, Yeshua le explicó a Nicodemo que el nuevo nacimiento pertenece a una obra divina, no es un asunto carnal. Así como no se puede explicar el camino del viento, ni se sabe cómo es posible que huesos se forman en el vientre de una mujer encinta, el nuevo nacimiento es una nueva creación hecha por Dios: “De modo que, si alguno está en Mesías, nueva criatura es” (II Corintios 5:17). Es una obra del Espíritu que solamente el Eterno puede hacer (Eclesiastés 11:5).


Yeshua también le reveló a Nicodemo que Él es el Hijo de Dios que descendió del cielo (la referencia a su muerte) y que también subió (la referencia a su resurrección). Claramente le explicó que Él es el Hijo de Dios enviado al mundo y que su obra de redención fue revelada a Jacob el sueño que tuvo de la escalera. Fungiendo como una escalera, su obra de expiación sobre el madero realizaría la reconciliación de los cielos con la tierra.


También le reveló a Nicodemo que Él sería levantado sobre el madero, así como Moisés levantó la serpiente en el desierto. Sobre el madero llevaría el juicio y la maldición que merecíamos, como sustituto nuestro, y por su medio vendría nuestra sanación. 


Yeshua también se reveló a Nicodemo como la LUZ del mundo, la que había sido prometida por los profetas. También le exhortó a venir a la luz y a CREER en Él para no ser condenado. Le habló del AMOR de Dios: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16).


¡Nicodemo creyó! Nació de nuevo. Y, al poco tiempo le tocaría un privilegio único… cuando José de Arimatea pidió permiso a Pilato para llevarse el cuerpo de Yeshua. Nicodemo llegó con muchas especias aromáticas, mirra y áloe, para su sepultura. Envolvieron el cuerpo de Yeshua en telas de lino y lo sepultaron en un sepulcro nuevo (Juan 19:38-32). 


Pero el sepulcro no podía retener al Santo de Israel: “ni permitirás que tu Santo vea corrupción, me has hecho conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo en tu presencia” (Hechos 2:27-28). Yeshua resucitó ¡venció la muerte!


Nacer de nuevo significa que, por medio de la fe, uno adquiere una nueva identidad, la del Mesías resucitado. “Estábamos muertos en nuestros delitos, pero nacimos de nuevo. El SEÑOR nos concede vida eterna por medio de la redención en el Mesías. Nos resucitó juntamente con el Mesías y nos sentó en los lugares celestiales con Él” (Efesios 2:1-5).


Yeshua le habló al pueblo de Judá en la sinagoga de Nazaret. Les reprendió por su incredulidad, diciéndoles que había muchos leprosos en Israel en tiempos del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue limpiado, sólo Naamán el sirio (Lucas 4:27).


Mientras iba camino a Jerusalem, pasó entre Samaria y Galilea. Salieron a su encuentro 10 hombres leprosos y se quedaron a distancia. Alzaron la voz y le pidieron misericordia: “¡Yeshua, Maestro! ¡Tened misericordia de nosotros!


Yeshua los vio y les dijo: “Id y mostraos a los sacerdotes". 

Y sucedió que mientras iban caminado ¡quedaron sanos! 


Pero de los 10 hombres que fueron sanados, sólo uno regresó para agradecerle. Regresó y se postró sobre su rostro a los pies del Mesías y derramó su agradecimiento con todo su corazón. 

Ese hombre era samaritano, no era judío. Yeshua comentó: “Y los otros nueve ¿dónde están? ¿No hubo ninguno que regresara a dar gloria a Dios, excepto este extranjero?” (Lucas 17:11-19). “Levántate y vete; tu fe te ha salvado”.


Naamán y el samaritano no eran judíos. Sucede que los extranjeros también tienen lepra. Pueden alcanzar la pureza solamente por medio del Santo de Israel. De la misma manera tienen que sumergirse en las aguas vivas provistas por Él. 


“Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba.” El que cree en el Mesías “de lo más profundo de su ser brotan ríos de agua viva” (Juan 7:37-38). Los que hemos creído en el Mesías Yeshua, hemos sido bautizados en el Espíritu, sumergidos en su mikvá. Es decir, hemos sido plenamente identificados con Él en su muerte, sepultura y resurrección. Hemos dejado de ser esclavos del pecado y tenemos una nueva identidad, limpia y pura, en el Mesías (Romanos 6:1-11). Esta inmersión en el Mesías Yeshua nos salva, por medio de su resurrección (I Pedro 3:21). Él venció la muerte y por su victoria nos concede esa nueva identidad: vencedor, con vida eterna “en Él”. 


El apóstol Pedro señala que las aguas del diluvio de los días de Noé realizaron una función similar. Así como las aguas del baño de la purificación limpian de la inmundicia ocasionada por el contacto con la muerte, las aguas del diluvio le quitaron la inmundicia a la tierra, al lavarla y remover la maldad de la humanidad.


“Las aguas de la purificación también simbolizan renacimiento, los que estaban adentro del arca de Noé fueron ‘salvos por el agua’ y enviados a renovar la vida sobre la tierra. Cuando Pedro une estos dos conceptos profundos, escribe ‘y esta agua simboliza el bautismo que ahora os salva… os salva mediante la resurrección de Yeshua el Mesías”.


“En los días de Pedro, el bautismo no era un sacramento cristiano (I Pedro 3:21). Era el rito judío de purificación, una limpieza simbólica practicada con regularidad por los judíos observantes. La manera de hacerlo era hundiendo totalmente el cuerpo en agua viva. Por agua viva se entendía el agua que fluía naturalmente, que no había sido extraída artificialmente de un pozo o de una cisterna o manipulada a través de tubería. La inmersión dentro de agua viva se hacía al descender dentro de una poza alimentada naturalmente o en cualquiera otra clase de cuerpo acuífero como un río o un lago y sumergirse la persona totalmente por debajo de la superficie.” (Página 21, Torah Club Volume Four, Noach)


"Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; pues han nacido de nuevo, no de simiente corruptible sino de incorruptible, por medio de la palabra de Dios que vive y permanece" (I Pedro 1:22-23).

 


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Desde la declaración del estado de Israel en 1948, el retorno a la Tierra Prometida ha sido posible



      El retorno a la tierra de Israel

      Aliyá

       La palabra hebrea "aliyá" significa subir y se refiere al retorno de los hijos de Israel a la Tierra Prometida


      ¡El Eterno bendice a los creyentes de las naciones que aman las Escrituras y su plan de la restauración de Israel!

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