LA PORCIÓN DE LA TORÁ, ÉXODO 1:1-6:1 La primera porción del libro de Shemot incluye la opresión de los hijos de Israel en Egipto, la crianza de Moisés en la casa de Faraón, Moisés huye de Egipto y pastorea ovejas en la tierra de Madián, el SEÑOR escucha el gemido del pueblo porque se acuerda de su pacto con Abraham, la zarza en llamas y la revelación del Nombre del Eterno, Moisés es asignado la misión de la liberación de su pueblo, las 3 señales, regresa a Egipto con este mensaje para el Faraón: “Israel es mi hijo, mi primogénito: deja ir a mi hijo para que me sirva”
LA PORCIÓN DE LOS PROFETAS, ISAÍAS 27:1-28:13; 29:22-23 El SEÑOR obrará el segundo éxodo y esta vez será de todas las naciones y tan magnifico que ya no se hablará más del éxodo de Egipto. Al sonido del gran shofar el Mesías recogerá a los dispersados de Israel de los 4 confines de la tierra y, en una gran asamblea, volverán a la Tierra Prometida, al santo monte del SEÑOR.
LA PORCIÓN DE LOS EVANGELIOS, MATEO 2:13-21 Además de cumplirse en Egipto, las profecías acerca de la matanza de los inocentes y de la salida del pueblo de Egipto (“de Egipto llamé a mi hijo” se cumplieron también en la vida de Yeshua.
Así como los hijos de Israel en Egipto rechazaron la autoridad de Moisés al principio, el liderazgo judío en el tiempo de Yeshua también lo rechazó. Y, así como Moisés salió de Egipto y estuvo en la tierra de Madián, y reapareció en Egipto una generación después para redimir al pueblo, Yeshua también se ha ido, pero regresará en la última generación para realizar la redención final.
“Estos son los nombres de los hijos de Israel que fueron a Egipto con Jacob; cada uno fue con su familia” (Éxodo 1:4). En hebreo se conoce el libro de Éxodo por las palabras que inician el texto “estos son los nombres”, ve´eleh shemot.
El nombre griego del libro de Éxodo es “Exodus Aigyptou” que se traduce “salida de Egipto”, y en su abreviación es simplemente “Éxodo”.
Resumiendo, el libro se presenta en 5 partes:
(1) Capítulos 1-15: Dan a conocer acerca de la opresión y del agotamiento de los hijos de Israel en Egipto, de la vida de Moisés y de la partida milagrosa del mar Rojo, la salida del pueblo fue por la senda milagrosa que el Eterno, con su brazo extendido, les abrió.
(2) Capítulos 16-24: Describen la jornada de los hijos de Israel (organizadas las tribus en formación militar) hacía el monte Sinaí. Dan a conocer la provisión del maná con las instrucciones para guardar el Shabat, la entrega de la Torá, los 10 mandamientos, las leyes civiles y juicios, las primeras tablas entregadas a Moisés.
(3) Capítulos 25-31: Son las instrucciones para la construcción del Tabernáculo, con el propósito de levantar la tienda (la morada) del Eterno en medio de su pueblo.
(4) Capítulos 32-34: Dan a conocer la apostasía de Israel por adorar al becerro de oro, Moisés rompe las tablas e intercede por la expiación y el SEÑOR le entrega nuevas tablas, escritas con las mismas palabras que tenían las primeras.
(5) Capítulos 35-40: Es la construcción del Tabernáculo. Al terminar la gran obra se llenó de la presencia divina: “Entonces la nube cubrió la tienda de reunión y la gloria del SEÑOR llenó el Tabernáculo” (Éxodo 40:34).
El libro de Números nos habla de las jornadas de los hijos de Israel en el desierto y el de Levítico instruye (a los sacerdotes) acerca del cuidado del Tabernáculo, de manera de no desafiar la presencia divina por medio del contacto con la muerte. Deuteronomio es la renovación del pacto, la repetición de la Torá a la nueva generación que entraría a la Tierra Prometida.
Las últimas palabras que José dirigió a sus hermanos fueron acerca de su futuro éxodo de Egipto (Génesis 50:24-25): “Yo me muero; más Dios ciertamente os visitará y os hará subir de esta tierra a la tierra que Él prometió en juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob, ciertamente os visitará Dios y haréis llevar mis huesos de aquí.” Les recordó el pacto del SEÑOR con Abraham, Isaac y Jacob. José murió en Egipto cuando tenía 110 años, lo embalsamaron y lo pusieron en un ataúd.
Los que descendieron a Egipto se multiplicaron en gran manera: de las 70 personas llegaron a ser 3 millones... un número tan abundante que el SEÑOR se refiere a los hijos de Israel como “incontables”, tal como las estrellas del cielo. En cuánto más se acercaba el tiempo del cumplimiento de la promesa que el Eterno había hecho a Abraham, el pueblo aumentaba más y más en número (Éxodo 1:1-7; Hechos 7:17 y Deuteronomio 10:22).
“Se levantó un nuevo rey sobre Egipto que no conocía a José.” El nuevo Faraón no quiso saber nada acerca de José, ni le importaba todo lo que había hecho a favor de Egipto.
Hombre perverso y malvado, él observó que el pueblo hebreo era apartado de los egipcios y que era muy numeroso. Sospechó que podía aliarse con sus enemigos y derrotarlo. Se llenó de odio hacia los hijos de Israel y obró con astucia en su contra, queriendo disminuir y controlar el número de su población (Éxodo 1:9-14; Hechos 7:19; Salmo 105:23-25).
Con ese fin, los agotó hasta extenuar todo su vigor. Unció su pesado e insoportable yugo al cuello de los hijos de Israel. Abatió su ánimo y consumió todas sus fuerzas hasta quebrantar su espíritu.
Recién llegados los hijos de Israel habían adquirido propiedades, habían prosperado mucho en todas sus actividades económicas (Génesis 47:27). Pero todo cambio porque Egipto llegó a ser un lugar totalmente inhóspito y hostil para los hijos de Israel. El látigo tirano les azotaba hasta la muerte en labores forzadas. Se hallaban confinados en un horno de hierro y el ardor de sus terribles llamas sofocaban su aliento (Deuteronomio 4:20; Jeremías 11:4; I Reyes 8:57; Éxodo 6:6).
¡El odio del Faraón llegó a un extremo aterrador!
El Tárgum de Jerusalem cuenta que tuvo un sueño misterioso. Soñó que toda la tierra de Egipto fue puesta en una balanza y que al lado una ovejita, y que la ovejita pesó mucho más que Egipto. Dice que dos de sus magos (Janes y Jambres) interpretaron el sueño: “Un niño esta pronto por nacer en la congregación de Israel, y su mano destruirá a toda la tierra de Egipto”.
Entonces ese monstro impío maquinó una gran maldad (Salmo 36:4). Ordenó a las parteras a matar a cada varón hebreo que naciera (Éxodo 1:15-16, 22). (Exodus 1:15–16, Targum Pseudo-Yonatan). Cuando ellas rehusaron obedecerle, ordenó a los habitantes de todo Egipto que cada hijo varón de los hebreos tenía que ser lanzado al río Nilo y que debia morir ahogado. Comentarios rabínicos calculan que el edicto asesino de la matanza de los inocentes duró 3 años.
Ya que las parteras temieron más al SEÑOR que al Faraón, El las bendijo y prosperó a sus familias. Las Escrituras afirman que, en los tiempos de persecución, a las personas valientes que hacen el bien y temen al SEÑOR más que a los reyes malvados de la tierra, les irá bien y comerán del buen fruto de sus obras (Isaías 3:10; Hechos 5:29).
En esos días llenos de terror y persecución, nació el hermoso bebe Moisés. Sus padres, Amran y Jocabed, eran de la tribu de Leví. Ellos vieron que su hijito tenía una gracia especial y que era un bebe muy bello (tov: bueno, robusto, sano). Algunos opinan que el nombre original de Moisés que le fue dado por sus padres era “Tobías”, Éxodo 2:1-5), por la palabra "Tov".
Sus padres lograron esconderlo por tres meses, pero pronto llegó el momento en que no lo pudieron esconder por más tiempo. Se vieron obligados a hacer algo para salvarle la vida de los asesinos del Faraón. El riesgo de intentar esconderlo era demasiado, porque en cualquier momento alguien escucharía su llanto y lo arrancarían de sus brazos para arrojarlo a su muerte en el río Nilo.
Llegó el momento decisivo y no quedaba más que intervenir. Con mucha fe y valor, la madre de Moisés le preparó una cestilla de juncos y la calafateó con asfalto y brea. Luego, cuidadosamente colocó a su hijito en la cestilla y la puso entre los juncos a la orilla del Nilo. Miriam, su hermanita mayor, muy responsable y obediente, observaba ansiosamente desde lejos para ver que le sucedería.
Frágil y vulnerable, la pequeña cestilla con su precioso tesoro flotó sin timón humano en las aguas del Nilo. La fe que los padres de Moisés tenían en la bondad del Eterno fue recompensada, porque en el momento preciso, la hija del Faraón descubrió la cestilla y tuvo compasión del bebé.
Miriam se acercó y le ofreció a la princesa egipcia “una nodriza de las hebreas para criar al niño” y ella respondió que sí y hasta le ofreció pagar un salario para ello. Entonces Miriam fue a traer a su propia madre.
La fe de Jocabed fue recompensada porque ella misma lo alimentó. Cuidó al pequeño Moisés y cuando creció, lo llevó a la hija del Faraón y ella lo tomó como hijo propio (Éxodo 2:5-10). No cabe duda de que fue otra experiencia más muy difícil para Jocabed… con toda razón ella se encuentra en la lista de los héroes de la fe (Hebreos 11:23).
“Cestilla” es la misma palabra que describe el arca que hizo Noé para salvar a su familia del diluvio (Génesis 6:14). Así como había hecho Noé, Jocabed calafateó la cestilla de Moisés con brea. La brea (kofer) comparte su raíz con la palabra “expiación”.
Tanto el arca de Noé como la cestilla de Moisés anuncian la misericordia del Eterno que sería derramada sobre la humanidad por medio de la obra de expiación realizada por el Mesías Yeshua. El arca y la cestilla anuncian la extraordinaria grandeza y del poder del Eterno revelado como un tesoro y puesto en un vaso frágil.
La hija de Faraón le puso el nombre “Mose” (Mashui), que en el idioma que ella hablaba también tenía relación con las letras hebreas “m-sh-h”, y denota “sacar del agua”. Ella comenta que lo sacó del agua y por eso le puso ese nombre. Sin saberlo, ella dio a conocer los planes del Eterno para la vida de Moisés. Su nombre en hebreo (Moshe) denota acción y significa “aquel que saca, extrae, pone algo fuera del sitio donde estaba.” “Moshe: el que los sacó del mar”, o bien, que los salva de entre mar de las naciones (Isaías 63:11; 57:20; Salmo 65:7).
I Crónicas 4:17-18 menciona a “Bitia, hija de Faraón” como parte del linaje de Judá por casamiento. Posiblemente se trata de la misma mujer, la princesa que salvó a Moisés y que su matrimonio con Mered fue poco después de la salida de Egipto, en el desierto. Quizás ella también abandonó la idolatría de Egipto y se aferró al Dios de Israel.
Los comentarios hebreos dicen que la hija del Faraón abrazó y besó al pequeño Moisés y lo amó mucho, así como se ama a un hijo propio. Y el Santo de Israel le dijo: Moisés no era hijo tuyo, pero tu lo llamaste hijo. Por eso, aunque tu no eras mi hija, te llamare hija mía”, y por eso esta escrito “Estos son los hijos de Bitia”, Batya, la hija del Eterno.
La hija de Faraón crio a Moisés como su propio hijo. El recibió una buena educación y llegó ser “un hombre poderoso (dunatos: capaz, sobresaliente, muy hábil) en hechos y en palabras” (Hechos 7:21-22).
Es interesante que los planes de Faraón para la destrucción de los hijos de Israel fueron derrotados por mujeres. Las parteras temieron al Dios de los hebreos más que al Faraón. La madre de Moisés le hizo una cestilla y la calafateó con brea. La hermana de Moisés lo vigiló. La hija de Faraón tuvo compasión de Moisés.
Cuando Moisés llegó a la madurez, se identificó plenamente con su pueblo. Moisés se refiere a los hijos de Israel como “sus hermanos”. Esto nos revela que, a pesar de haber sido criado en la casa de la hija del Faraón, él conocía su verdadera identidad y sentía mucho amor y compasión por su pueblo (Éxodo 2:1). No quiso identificarse como egipcio. Consideró como mayores riquezas el oprobio del Mesías que todos los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa eterna.
Moisés creía en el Mesías prometido y en la llegada de su reino eterno (Hebreos 11:24-26). Asumió el oprobio (oneidismos) del Mesías: es decir, el vituperio, la afrenta y los padecimientos (I Pedro 4:12-14). Se identificó como hebreo y por ello recibió el maltrato y rechazo (Filipenses 3:7-8; Lucas 14:33).
El día en que Moisés cumplió 40 años, él salió a ver a su gente en sus labores. Ardía en su corazón el deseo de ser su libertador (Hechos 7:23-29). Vio a un egipcio golpeando a un hebreo... lo mató y escondió su cadáver en la arena.
El día siguiente salió al campo otra vez, y vio a dos hebreos peleando. Le preguntó al instigador que por qué golpeaba a su hermano y ese le respondió: “¿Quién te ha puesto de príncipe o de juez sobre nosotros? ¿Estás pensando matarme como mataste al egipcio?”
Cuando Moisés escuchó eso, tuvo miedo porque sabía que el asunto ya se había divulgado y que el Faraón ya lo estaba buscando para matarle. Sabía que debía salir inmediatamente y huyó a la tierra de Madián.
Cuando llegó a Madián, se sentó junto a un pozo. Al rato llegaron las hijas de Reuel (Jetro) al pozo para darle de beber al rebaño de su padre. Cómo les solía suceder, ciertos hombres abusivos llegaron para echarlas de allí. Pero esta vez estaba Moisés allí y las defendió, le dio de beber a su rebaño.
Prontamente las hijas de Jetro regresaron a su casa y su padre estaba sorprendido. “¿Por qué habéis vuelto tan pronto hoy?” Ellas respondieron: “Un egipcio nos ha librado de la mano de los pastores; y, además, nos sacó agua y dio de beber al rebaño.” Su padre respondió: “¿Y dónde está? Invitadlo a que coma algo.” Moisés aceptó su hospitalidad.
Moisés se casó con una de las hijas de Jetro, la que se llamaba Seforá. Ella dio a luz un hijo y Moisés le puso por nombre “Gersón (ger sham) que denota un peregrino, un extranjero que vive en una tierra que no es suya.
Este nombre que Moisés le dio a su hijo da testimonio de su fe. Él meditaba en lo que el SEÑOR había dicho a Abraham, que su descendencia “sería extranjera en una tierra que no era suya” y, así como José les había dicho a los hijos de Israel antes de morir, el SEÑOR iba a visitarlos y llevarlos nuevamente a la Tierra Prometida (Génesis 15:13-14).
Moisés se identificaba con la angustia de su pueblo y anhelaba su liberación. Pronto aprendió que la liberación de los hijos de Israel no iba a depender de la inteligencia ni de la fuerza humana: “No por el poder ni por la fuerza, sino por mi Espíritu” (Zacarías 4:6). Más bien, sería por medio de la gracia del Eterno, por medio de su brazo extendido con señales y prodigios. El nombre del Eterno sería glorificado, enaltecido y conocido para siempre por todas las naciones en toda la tierra.
Según los planes del Eterno, Moisés debía tener otros 40 años de aprendizaje, pero esta vez no sería con los educadores de Egipto. Trabajaría con los rebaños de su suegro, porque el SEÑOR quería moldear en él su corazón de pastor. El rebaño que le tocaría conducir era muy amado por el SEÑOR, y Moisés debía compartir ese mismo corazón suyo, el humilde corazón del Buen Pastor. Sólo su cayado de pastor llevaría a Egipto para salvar y guiar al rebaño del SEÑOR.
La tradición hebrea dice que Moshé fue el más considerado de los pastores. Se dice que una vez un cordero se escapó del rebaño y que lo siguió hasta alcanzarlo cerca de algunos arbustos junto a un estanque de agua. Allí se detuvo el cordero y comenzó a beber. Moshé le dijo: “Yo no sabía que corriste todo este camino porque estabas sediento. Debes estar muy cansado.” Entonces Moshé alzó al cordero sobre sus hombros y lo cargó de regreso al rebaño. Entonces dijo Hashem: “Tú, que cuidas las ovejas con tal misericordia, serás un líder compasivo para mis ovejas, Israel”. (El Midrash Dice, el libro de Shemot, página 29, Editorial Bnei Sholem)
Mientras que Moisés estaba en la tierra de Madián, cada día aumentaba el sufrimiento y el terror para los hijos de Israel en Egipto. Gemían a causa de su servidumbre y clamaron. “Clamar” se refiere al grito desesperante de una víctima indefensa en gran agonía.
¡Su clamor subió al Eterno! El SEÑOR oyó su gemido y se acordó (es fiel) de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob. “Miró a los hijos de Israel y los tuvo en cuenta”, por su fidelidad a su pacto con Abraham (Éxodo 2:23-25).
Por primera vez en las Escrituras encontramos la descripción de la Tierra Prometida como una tierra en la cual fluye leche y miel (Éxodo 38). La leche venía de las cabras y la miel de los higos, una dieta nutritiva para infundir fuerzas, ánimo y esperanza a un pueblo exhausto.
El nombre de Egipto es Mitsrayim y significa “estrechuras”. El hecho de estar entre las estrechuras provoca angustia, porque uno se halla en una situación imposible, en un sitio demasiado opresor, apretado, angosto. No hay salida visible y es necesaria la intervención divina… “alas de águila” para salir. La Tierra Prometida es una tierra buena y espaciosa (Éxodo 3:8).
Un día en que Moisés apacentaba al rebaño de su suegro y llegó a Horeb, “el monte de Dios”. Se le apareció el Ángel del Eterno en una llama de fuego, en medio de una zarza. ¡La zarza ardía en fuego, pero no se consumía! El SEÑOR lo llamó: “¡Moisés! ¡Moisés!” “Heme aquí”, fue su respuesta espontánea. Respondió como un siervo fiel que no demora.
El SEÑOR le advirtió que no se acercara, y que quitara las sandalias de sus pies, porque el lugar que pisaba era tierra santa. Afirmó que Él era el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Moisés cubrió su rostro porque tenía temor de mirar al SEÑOR (Éxodo 3:2-6).
El SEÑOR le dijo a Moisés que Él había visto la aflicción de su pueblo en Egipto y que había escuchado su clamor. Dijo que había descendido para librarlos de la mano de los egipcios y llevarlos a la Tierra Prometida: una tierra buena y espaciosa, donde fluía leche y miel. “Ven y te enviaré a Faraón, para que saques a mi pueblo, los hijos de Israel, de Egipto” (Éxodo 3:7-10; Hechos 7:35).
Moisés le preguntó: “¿Quién soy yo para ir a Faraón y sacar a los hijos de Israel de Egipto? El Eterno le contestó: “Ciertamente yo estaré contigo, y la señal para ti de que soy el que te ha enviado será ésta: cuando hayas sacado al pueblo de Egipto adoraréis a Dios en este monte” (Éxodo 3:12). Se refiere al momento glorioso de la entrega de la Torá, que se realizaría 50 días después de la salida de Egipto.
Moisés le dijo a Dios que los hijos de Israel iban a preguntarle por su nombre. “Si voy a los hijos de Israel y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros, tal vez me digan ¿cuál es su nombre? ¿Qué les responderé?”
“YO SOY EL QUE SOY (Ehyé-Asher-Ehyé, seré el que seré).
La respuesta divina nos revela la esencia del Eterno. Su misma naturaleza es VIDA. Él que existe en sí mismo, Él que era, que es y que ha de ser. Su nombre es “el Eterno”, la Presencia inmutable, el Autor de la vida, Él que tiene vida en sí mismo.
Los hijos de Israel podían poner plena fe su soberana voluntad. Simplemente no existen palabras para describir lo que Él hace a favor de su pueblo. No se trataba de un nuevo dios que Moisés había descubierto en la tierra de Madián. Se trataba del mismo Creador del universo, el Juez Justo de toda la tierra, Aquel que se reveló a los patriarcas, el mismo que había hecho el pacto eterno con Abraham (Juan 8:23-25, 28; Hebreos 13:8; Apocalipsis 1:8; 4:8). Es el mismo ayer, hoy y por los siglos. Es el Todopoderoso: Él que era, Él que es y Él que ha de venir.
Moisés debía informar a los hijos de Israel que el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob lo enviaba a ellos, que Él había visitado y visto su aflicción y que los iba a sacar de la tierra de Egipto y llevarlos a la Tierra Prometida (Éxodo 3:15-17). Luego debía ir con el Faraón y hablarle acerca de su misión: “El Eterno, el Dios de los hebreos, nos ha salido al encuentro. Ahora pues, permite que vayamos 3 días de camino al desierto para ofrecer sacrificios al SEÑOR nuestro Dios” (Éxodo 3:18-22).
Al mismo tiempo que le instruyó acerca de su misión de liberación, el SEÑOR le hizo saber a Moisés que el Faraón no los dejaría salir, pero que Él iba a extender su mano fuerte y heriría a Egipto. También, al final les daría gracia ante los ojos de los egipcios para que no salieran con las manos vacías. Cada mujer pediría objetos de plata, oro y vestidos “y los pondréis sobre vuestros hijos y sobre vuestras hijas.”
Por su experiencia pasada, Moisés temía que no lo iban a creer. Pensaba que iban a rechazar su autoridad, diciendo: “No te ha aparecido el SEÑOR”. Entonces el SEÑOR le dio tres señales para mostrar al pueblo incrédulo (Éxodo 4:1-9).
(1) el cayado de pastor que tenía en su mano se convirtió en una serpiente que tomó por la cola
(2) la sanación de su mano que se volvió leprosa en su seno
(3) convirtió agua en sangre
Las tres señales dan a conocer la victoria del Redentor. El ejerce soberana autoridad sobre el Adversario de nuestras almas (la serpiente antigua), lo vence. Tiene soberana autoridad sobre la maldad y la muerte que mora en el seno nuestro, en nuestros corazones, que es como la lepra: las vence y nos permite nacer de nuevo. También dio a conocer que tomaría venganza divina por la matanza de los inocentes, las aguas del Nilo se convertirían en sangre.
Las señales que el SEÑOR obra van de la mano de la redención porque manifiestan su gloria para la liberación de los cautivos. Las señales se ven, se oyen, se palpan. Exigen una respuesta de nuestra parte: arrepentimiento y fe en el Redentor (Isaías 42:6-7; Juan 2:11).
“Y acontecerá que si no te creen ni obedecen la voz de la primera señal, quizás crean la voz de la segunda señal”. Las señales tienen voz porque publican el poder del Eterno. Todos debemos escuchar “la voz de las señales”, porque nos dejan sin excusa alguna por la incredulidad (Éxodo 4:8-9). La generación incrédula y adúltera exige señales para creer, porque sus corazones son muy duros (Mateo 12:39).
Moisés sentía incapaz porque pensaba que tenía labios “pesados”. Pero con el SEÑOR le respondió con mucha paciencia y le aseguró que Él mismo estaría con su boca y que le enseñaría qué decir. Además, le dijo que Aarón su hermano le serviría como boca (profeta) y “tú serás para él como Dios” (Éxodo 4:10-17).
“Ve, vuelve a Egipto, porque han muerto todos los hombres que buscaban tu vida”. Entonces Moisés tomó a su mujer y a sus hijos, los montó sobre un asno y volvió a la tierra de Egipto.
Pero en el camino de regreso a Egipto ¡el SEÑOR le salió al encuentro de Moisés para matarlo! Era porque Moisés había dejado sin circuncidar a su hijo y esto era un asunto muy grave ante los ojos del SEÑOR, pues él y su esposa estaban diciendo con esa falta que no le daban la importancia debida a la promesa de la Simiente, la promesa del pacto de Dios con Abraham.
Aunque la Torá no había sido entregada aún, la señal de la circuncisión ya estaba claramente establecida y vigente, ordenada por el SEÑOR (Génesis 17:9-12; Éxodo 4:24-26).
A Séfora le tocó hacerlo porque Moisés estaba a punto de morir. Ella actuó inmediatamente. No cabe duda de que, por medio de esta experiencia aterradora, Séfora aprendió a temer al Eterno y afirmó su fe en las promesas del pacto del SEÑOR con Abraham.
Las palabras de Séfora “novio de sangre” (jatan damim), posiblemente fue una expresión de cariño, puesto que la palabra jatan puede significar “proteger”: “Ya que nuestro hijo está circuncidado, estás protegido.”
Aarón encontró a Moisés en el desierto, y él le contó todas las palabras del Eterno con respecto a su misión. Cuando llegaron a Egipto, reunieron a todos los ancianos de los hijos de Israel y Aarón les habló todas las palabras que Dios había hablado a Moisés.
Moisés hizo las señales en presencia del pueblo. El pueblo creyó, y al oír que el Eterno había visitado a los hijos de Israel y que había visto su aflicción, se postraron y adoraron al Eterno (Éxodo 4:29-31).
Después de hablar con los ancianos de Israel, Moisés y Aarón hablaron con el Faraón: “Así dice el Eterno, Dios de Israel: Deja ir a mi pueblo para que me celebre fiesta en el desierto.
El Dios de los hebreos nos ha salido al encuentro. Déjanos ir, te rogamos, camino de tres días al desierto para ofrecer sacrificios al Eterno nuestro Dios, no sea que venga sobre nosotros con pestilencia o con espada.” Faraón respondió que él no conocía al SEÑOR ni iba a dejar ir al pueblo a celebrarle fiesta (Éxodo 5:1-15).
“Deja ir a mi pueblo (a mi hijo primogénito) para que me celebre fiesta (jag) (para que me sirva) en el desierto” (Éxodo 5:1). A Faraón le enfurecía sobremanera la idea que los hijos de Israel reposaran, que en algún momento cesaran sus labores. Dio órdenes para hacerles su trabajo todavía más duro. Ahora debían fabricar los adobes y también conseguir ellos mismos la paja, algo que era sumamente difícil y cargoso.
El Faraón se enfureció ante la idea que iban a cesar sus obras y que iban a celebrar las fiestas de su Dios. Les acusó de ser perezosos. Dijo que no querían trabajar, que por eso querían ir a celebrar fiestas en el desierto. Entonces dio órdenes que debían entregar la misma cantidad diaria de adobes y que nos les iba a proveer la paja necesaria (Éxodo 5:4-19).
El autor Nahum M. Sarna comenta: “En el sistema egipcio de labor obligatoria, los trabajadores se organizaban en cuadrillas, encabezadas por uno del mismo grupo. El, a su vez, era responsable ante un egipcio encargado de adjudicar las tareas. Como lo indican los versículos 14, 20-21 (Éxodo 5), los cuadrilleros eran hebreos y su superior era egipcio. Los cuadrilleros llevaban cuidadosos registros de los trabajadores y de las actividades de cada uno. Todavía existen algunos registros; parte de ellos de los tiempos de Ramsés II. El nombre hebreo de los cuadrilleros era shoteryse deriva de la misma raíz que la palabra escribir. En la Septuaginta se le denomina grammateus, escriba, el que mantiene vigentes los registros. La nueva directiva no era que produjeran adobe (ladrillos) sin paja como dicen algunas versiones. En verdad, la orden fue que los trabajadores buscaran y recogieran su propia paja; hasta ese momento el gobierno lo había provisto. En la elaboración de los adobes, el rastrojo o la paja picados son ingredientes decisivos. Éstos se agregaban al lodo del Nilo, al cual se daba forma con moldes que se dejaban secar al sol. La paja servía para dar firmeza y, además, el ácido que soltaba la materia vegetal al descomponerse aumentaba grandemente la plasticidad y la cohesión de la masa. Eso evitaba que los adobes se encogieran, se rajaran o perdieran su forma.” (Traducido de: The JPS Torah Commentary, Sarna, página 28)
Los hijos de Israel reclamaron a Moisés y Aarón que los habían hecho odiosos ante los ojos de Faraón y ante los ojos de sus siervos. Entonces Moisés oró al Eterno y le preguntó: “¿Por qué has hecho mal a este pueblo? ¿Por qué me enviaste? No has hecho nada por librar a tu pueblo.”
El Eterno le respondió a Moisés: “¡Ahora verás lo que haré a Faraón; porque por mi mano fuerte los echará de su tierra!”
No se sabe qué Faraón estaba reinando en ese momento y se opuso a Moisés. Los estudiosos varían en sus opiniones acerca de su identidad. Es probable que su regencia corresponde al período histórico de Egipto que se conoce como el “Nuevo Reino” 1567-1085 AC.
Las Escrituras se refieren a los faraones como “el leviatán (monstro marino), el dragón que vive en el mar, la serpiente tortuosa (Isaías 27:1). Lo cierto que para el Faraón que su opuso a Moisés, su fin fue en el mar.
Es interesante el descubrimiento arqueológico de la Estela de Merneptah, una losa de granito que fue erigida por el rey Amenhotep III e inscrita más tarde, en el reverso, por el rey Merneptah para conmemorar su victoriosa campaña militar en tierras de Canaán. La estala menciona a Israel como “viuda”, estéril, sin hijos. “Israel esta derribado y yermo, no tiene semilla”.
LA PORCIÓN DE LOS PROFETAS, ISAÍAS 27:1-28:13; 29:22-23
Los sabios ensenaban al pueblo hebreo que la redención final se realizaría según el patrón establecido por el Eterno en la salida de su pueblo de Egipto. Decían que Moisés el “primer redentor” y que el Mesías es el “postrer” Redentor. La historia de la salida de Egipto se conoce como “el Pesaj de Egipto” y la redención final se conoce como “el Pesaj del futuro”.
“Por tanto, he aquí, vienen días” declara el SEÑOR, “cuando ya no se dirá: Vive el SEÑOR, que sacó a los hijos de Israel de la tierra de Egipto, sino: Vive el SEÑOR, que hizo subir a los hijos de Israel de la tierra del norte y de todos los países adonde los había desterrado. Porque los haré volver a su tierra, la cual di a sus padres” (Jeremías 16:14-15).
Isaías Capítulo 27 habla de la restauración de Israel: “en los días venideros Jacob echará raíz, Israel florecerá y brotará, y llenarán el mundo entero de fruto”. Su iniquidad será perdonada.
Isaías profetiza acerca del acontecimiento milagroso que sucederá al sonido del shofar en el momento de la segunda venida del Mesías. En hebreo se conoce como el kibutz (recoger, juntar) galuyot(los exilios): la recolección de los dispersados. Sinónimo de la restauración de Jerusalem (Isaías 62), es el gran evento de restauración que fue prometido por el Eterno y registrado por Moisés en la Torá (Deuteronomio 30:1-4).
Los rabinos dicen que ese día es tan importante como el de la creación de los cielos y la tierra, y que sucederá también en ese momento la resurrección de los muertos. La recolección de los dispersados está ligada con la llegada del reino del Mesías y todos los días se ora por el pronto cumplimiento de este gran evento: “Sonad el gran shofar por nuestra libertad, levantad bandera para recoger a nuestros exilados y recogednos de las cuatro esquinas de la tierra. Bendito seas, tú SEÑOR, que recoge a los dispersados de Israel.”
El retorno del exilio es un proceso individual en la vida de cada persona, pero también es un acontecimiento profético, milagroso, que sucederá en el momento asignado por el Eterno.
El SEÑOR “despierta al espíritu” de aquellos que han de subir a Jerusalem (Hageo 1:14). Requiere fe en el pacto del Eterno con Abraham, mucho esfuerzo y valentía.
El retorno a las raíces bíblicas de la fe implica subir una cuesta difícil ya que se presentan muchos obstáculos. No es fácil nadar en contra de la corriente, es decir, dejar la idolatría, recuperar la Torá, las fiestas, el Shabat, nuestra conexión con Jerusalem y todo aquello que Roma destruyó cuando lanzó su hacha afilada a las raíces hebreas de nuestra fe.
El impacto del largo exilio romano es tan fuerte y profundo, que el retorno exige la ayuda de la mano extendida del Eterno. Si la restauración dependiera de nosotros, nunca se realizaría. Requiere la intervención divina, al sonido de la voz del shofar de los cielos. Se necesita una obra milagrosa, como fue la apertura del mar Rojo en el éxodo de Egipto (Jeremías 23:7-8).
Al sonido del shofar, cayó Jericó para que pudieran conquistar la Tierra Prometida. El shofar le recuerda al SEÑOR de su pacto con Abraham, para cumplir sus promesas eternas. El libro de Apocalipsis también nos habla del sonido del shofar, en el momento en que el Mesías realizará la conquista final y la restauración de todas las cosas (Mateo 24:30-31; I Tesalonicenses 4:17; I Corintios15-51-54).
Isaías Capítulo 28 hace énfasis en el estado de ebriedad que ha mantenido Efraín, las tribus del reino del norte asimiladas por los gentiles. En las Escrituras, el alcoholismo es sinónimo de la idolatría porque figura la incapacidad de elegir lo limpio y lo que es correcto. La mezcla y la confusión que existe en el corazón idólatra es el mal fruto del sincretismo. No discierne bien y lo mezcla todo.
En poco tiempo, el hombre se vuelve tal como los ídolos que adora: tiene ojos, pero no puede ver, tiene oídos, pero no puede escuchar (Salmo 115:4-8). Vacila en sus pasos y tambalea. La confusión que mantiene lo induce al espíritu de estupor. Como la persona en el estado de la ebriedad, simplemente se queda dormido, con los ojos cerrados. No responde.
Después que salió de Egipto, el reino del norte se entregó a la idolatría, a los baales. Por eso no pudo quedarse en la tierra del SEÑOR, sino que regresó a la condición lamentable que había tenido en Egipto: se sujetó al yugo del rey de Asiria y fue “devorado” (asimilado) por él y “ahora está entre las naciones” (Oseas 8:8; 11:1-4).
La práctica del sincretismo por tantas generaciones lo ha mantenido lejos de la Torá y en un estado constante de ebriedad (idolatría) e incapaz de preguntar por la senda del retorno hacía a la casa de su Padre.
Así como el alcoholismo, la idolatría también es un mal autoinfligido que, con el tiempo, se torna en una enfermedad muy grave que requiere la intervención médica profesional. Afecta la sangre y va arruinando los órganos del cuerpo. Literalmente causa moretones de la cabeza hasta los pies.
En Isaías 1:6 el SEÑOR se refiere a las heridas y moretones de Jerusalem, causadas por su rebelión e idolatría. La sanación de sus heridas se revela en el Capítulo 53, por medio del Cordero de Dios: “Ciertamente Él llevó nuestras enfermedades y cargó con nuestros dolores”.
La liberación de la idolatría requiere la intervención del SEÑOR, porque solamente Él puede despertarnos del espíritu de estupor y hacernos levantar. Sólo Él puede infundir en nuestros corazones la necesidad de buscar su Torá. Su instrucción nos lava, nos imparte vida, pone en orden los pensamientos y nos capacita para discernir.
En el sentido figurado, Efraín regresó a Egipto porque multiplicó altares para pecar y los mandamientos de la Torá llegaron a ser para él una cosa extraña (II Reyes 17:32-41; Oseas 8:11-12; 9:39). La casa de Israel fue asimilada (“devorada”) por Asiria en el año 722 AC y Efraín se perdió entre las naciones.
Así como el hijo prodigo de la parábola de Lucas 15:11-32, Efraín gastó todo lo que tenía en “rameras” (la idolatría). Se alejó totalmente de la casa de su padre, hasta encontrarse en el corral de los cerdos, arrebatando su comida. Fue en esta condición lamentable y triste que el hijo perdido finalmente “volvió en sí”, se levantó. Por fin preguntó por la senda que conducía hacia la casa de su padre. Su padre lo vio de lejos y salió corriendo a abrazarle, lleno de amor, perdón y misericordia.
“Yo soy un Padre para Israel y Efraín es mi primogénito” declara el SEÑOR (Jeremías 31:9). “Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Yo enseñé a andar a Efraín, yo lo llevé en mis brazos” (Oseas 11:1-3).
El SEÑOR no abandonará a Efraín en el destierro, porque ha dicho “de Egipto llamé a mi hijo” (Oseas 8:1,8-11). Por eso, obrará un segundo éxodo, tan magnifico y poderoso que no se hablará más del primero: al sonido del gran shofar, recogerá a los dispersados de los cuatro confines de la tierra en una gran asamblea volverá a la Tierra Prometida (Jeremías 31:6-9).
“Pero a todos lo que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios” (Juan 1:12). Forman parte de la congregación de los primogénitos (Hebreos 12:22-23).
A sus hijos el SEÑOR jamás los abandona, no los dejará en el destierro. Él mismo sonará el gran shofar y los recogerá de los 4 confines del mundo, y los llevará juntos a gozar en su santo monte.
LA PORCIÓN DE LOS EVANGELIOS, MATEO 2:13-21
Además de cumplirse en Egipto, las profecías acerca de la matanza de los inocentes y de la salida del pueblo de Egipto (“de Egipto llamé a mi hijo”) se cumplieron también en la vida de Yeshua.
El mismo odio y la furia satánica que arruinaron al Faraón, también envilecieron al rey Herodes. Eran días oscuros y peligrosos para el pueblo de Judá bajo el yugo romano. El gran dragón quiso devorar al recién nacido Rey de Israel (Apocalipsis 12:4).
Yeshua llegó al mundo como un vástago tierno: escondido, frágil y vulnerable. El Renuevo justo del linaje de David nació en Belén, como había profetizado las Escrituras. Su cuna fue humilde y expuesta a muchos peligros, así como había sido la cestilla de Moisés cuando flotó sin timón en el peligroso Nilo.
El rey Herodes se enfureció ante la noticia de que había nacido el Rey de los judíos. Como había hecho el Faraón en los días de Moisés, Herodes dio órdenes de infanticidio. Mandó a matar a todos los niños de dos años para abajo que estaban en Belén y en todos sus alrededores. Una vez más el llanto inconsolable de las madres judías sacudió los cielos: Raquel lloró por sus hijos.
Instruidos por el SEÑOR, Miriam y José huyeron a Egipto. Escondieron al bebe Yeshua en sus brazos y esperaron allí hasta que el SEÑOR les dijo que regresaran, cumpliendo así la Escritura: “de Egipto llamé a mi Hijo” (Oseas 11:1).
La primera venida de Yeshua fue durante el periodo del primer emperador de Roma, Cesar Augusto (63 AC-14 DC). Yeshua nació el día 15 de Tishrei (Sukot, durante la alegría de la cosecha, Isaías 9:3) en el año 5 AC.
Advertidos por el SEÑOR, sus padres huyeron a Egipto hasta la muerte de Herodes el grande, que sucedió en marzo del año 4 AC (Purim), poco tiempo después de la matanza de los inocentes. Yeshua salió de Egipto con sus padres en Pesaj, 4 AC.
Estamos esperando en momento en que aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo. Todos lo verán. Citando al profeta Isaías (Mateo 24:31), Yeshua declara que Él volverá con poder y gran gloria. Sonará la gran trompeta y enviará a sus ángeles a reunir a sus escogidos de los 4 vientos. Será el segundo éxodo.
“Y sucederá en aquel día el SEÑOR trillará (juzgará, separará el grano de la paja) desde la corriente del Éufrates hasta el torrente de Egipto, y vosotros seréis recogidos uno a uno, oh hijos de Israel. Sucederá también en aquel día que se tocará una gran trompeta, y los que perecían en la tierra de Asiria y los desterrados en la tierra de Egipto, vendrán y adorarán al SEÑOR en el monte santo en Jerusalem” (Isaías 27:12-13).

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La palabra hebrea "aliyá" significa subir y se refiere al retorno de los hijos de Israel a la Tierra Prometida
¡El Eterno bendice a los creyentes de las naciones que aman las Escrituras y su plan de la restauración de Israel!
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